August 2018 in Revista INVI
Lo político de hacer hogar: una mirada de género a la vivienda autoconstruida
Resumen
Para los habitantes de asentamientos informales el valor de la vivienda no solo está mediado por sus elementos materiales, sino también por los aspectos inmateriales y políticos de esta. La noción teórica de ‘hogar’ de las geógrafas feministas ha sido gradualmente introducida en los estudios urbanos a modo de contrarrestar la visión de la vivienda popular solo como una necesidad material, así como también para discutir la vivienda desde una aproximación de género. A pesar de que en Chile las pobladoras de asentamientos informales han jugado un rol clave en la consecución de vivienda, existe poco reconocimiento de aquello tanto en la literatura como en la práctica. El artículo presenta cuatro aspectos de la literatura feminista de hogar para discutir una aproximación de género en procesos de producción de hábitat informal. Para ello se examinan las siguientes dimensiones: hacer hogar y los afectos que lo movilizan; hacer hogar a través de la interseccionalidad de identidades; hacer hogar en distintas escalas territoriales; y, finalmente, la dimensión política de hacer hogar. Se discuten las dimensiones en una investigación en asentamientos informales de Viña del Mar utilizando una metodología cualitativa, a través de fotografía participativa e historias de vida.
Introducción
“Yo llegué a la toma cuando tenía veintiséis años, y he criado a todos mis hijos acá. No me quiero ir, yo creo que es por el cariño que todos le tenemos al cerro”.
(María, 40 años, habitante de Manuel Bustos, Viña del Mar, Chile)
Para los habitantes de asentamientos informales el valor de la vivienda no solo está mediado por sus elementos materiales, sino también por los aspectos inmateriales y políticos de esta. Así como se ilustra en la cita, aspectos tales como el arraigo al lugar y la historia colectiva de lucha pueden ser factores determinantes en la creación de un hogar en contextos de pobreza. Sin embargo, en la provisión de viviendas básicas para los más pobres existe poca consideración con respecto a cómo aspectos intangibles inciden en la producción del hábitat y apropiación del territorio, en específico, cómo es este proceso para las mujeres, por lo general invisibilizadas en las luchas por la vivienda. Esto es importante, ya que son las mujeres, en sus roles de madres, dirigentas y trabajadoras quienes crean hogar en el día a día en los asentamientos informales.
El objetivo de este artículo es discutir cómo la noción de hogar desde la geografía feminista (Blunt & Dowling, 2006) puede aportar a la literatura de estudios urbanos, con el fin de ampliar la conceptualización teórica y práctica de la vivienda popular. El hogar se ha relacionado coloquialmente con un espacio doméstico, apolítico y, por lo general, como un lugar seguro y acogedor. Sin embargo, la geografía del hogar cuestiona estos principios básicos y problematiza las relaciones que se dan entre los miembros del hogar, como también la división entre la esfera pública y privada, expandiendo las escalas del hogar. Estos elementos son importantes para el análisis de viviendas populares, ya que complejizan tanto los procesos de creación de hogar como las relaciones entre sus miembros, entendiendo que todos los procesos de vivienda, tanto en los asentamientos informales como en viviendas sociales, son procesos políticos en que se evidencian relaciones de poder en las distintas escalas de producción del hábitat, entre sus miembros, vecinos y con la ciudad.
A través de un estudio empírico, se examina la concepción de hogar de las pobladoras y se discuten cuatro dimensiones de hacer hogar: hacer hogar y los afectos que lo movilizan; hacer hogar a través de la interseccionalidad de identidades; hacer hogar en distintas escalas del territorio; y, finalmente, la dimensión política de hacer hogar. Para ello se introduce el caso de los asentamientos informales de Viña del Mar y su demanda específica de vivienda. El caso es relevante en el contexto de Chile, ya que un tercio de los habitantes de asentamiento informales del país se encuentran en la región de Valparaíso (“Catastro nacional de campamentos”, 2016). Su demanda de vivienda se caracteriza por el rechazo al subsidio de la política de vivienda Fondo Solidario de Vivienda FSV, Construcción en Nuevos Terrenos (CNT), el cual implica trasladarse a un conjunto de viviendas sociales; en cambio, proponen la radicación en el lugar que habitan a través de acceso al terreno y la autoconstrucción de sus viviendas. La investigación realizada es de carácter cualitativo y las metodologías utilizadas fueron historias de vida y talleres de fotografía participativa. Los datos recolectados se analizaron según análisis temático y las fotografías siguiendo el modelo de involucramiento interpretativo de Drew y Guillemin (2014). Las participantes incluyeron a 32 pobladoras pertenecientes a 11 comités de vivienda de asentamientos informales de la comuna de Viña del Mar.
El artículo se divide en dos secciones. En la primera sección se discute la actual aproximación a la vivienda popular desde los estudios sobre vivienda y el caso de la política de vivienda chilena. Luego, se introduce la noción teórica de hogar y se discuten cuatro dimensiones de hacer hogar para el reconocimiento de las mujeres pobladoras en Chile. En la segunda sección, se presenta el caso de estudio y metodología y se revisan los resultados utilizando las cuatro dimensiones de análisis.
Notas sobre vivienda popular y la conceptualización material de la vivienda
Los asentamientos informales o campamentos son un fenómeno urbano global. En efecto, mil millones de personas viven en condiciones de informalidad y precariedad en el mundo (“Pretoria declaration”, 2016). Por primera vez, los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas (2015-2030)1 incluyen un ‘objetivo urbano’. En el objetivo 11 -sobre ciudades- se establece lo siguiente: “De aquí a 2030, aumentar la urbanización inclusiva y sostenible y la capacidad para la planificación y la gestión participativas, integradas y sostenibles de los asentamientos humanos en todos los países” (“Objetivo 11”, 2016). Es decir, por primera vez se reconoce la importancia de la participación de los habitantes de asentamientos informales en el proceso de urbanización, con el objetivo de llegar a soluciones que sean inclusivas y sostenibles. A pesar del reconocimiento a los habitantes informales y su rol en la producción de la ciudad, dentro de este grupo las mujeres continúan siendo invisibilizadas. Históricamente, las mujeres han tenido menos oportunidades, en comparación con los hombres, de participar en la producción de la ciudad (Rolnik, 2011). En el caso de América Latina, aun cuando las mujeres pobladoras participan de igual o mayor manera que los hombres en procesos de adquisición de terrenos y vivienda, las mujeres tienen menor obtención legal de terreno y vivienda, ya que, una vez que se legalizan los terrenos, estos suelen quedar en el nombre del hombre desconociendo el rol de la mujer en el proceso de adquisición (Deere & León, 2014). Esto sin duda aumenta y perpetúa la desigualdad económica, política y social de las mujeres en las ciudades, lo que plantea el desafío de cómo reconocer, desde lo simbólico y legal, el trabajo que las mujeres hacen diariamente para obtener viviendas.
La literatura sobre vivienda para asentamientos informales se ha ampliado en las últimas décadas desde la mera conceptualización de la vivienda como provisión de unidades hacia la incorporación de temáticas de apropiación del espacio y la incorporación de los asentamientos a la ciudad (Fiori, Riley & Ramírez, 2001). Aquello dentro de una nueva conceptualización de derechos urbanos para los habitantes y el acceso democrático a la ciudad (Harvey, 2008). Sin embargo, en muchos casos la implementación de políticas de vivienda sigue enfocándose en la producción y provisión eficiente de unidades de habitación. Como tal, continúa siendo una aproximación más bien tecnocrática, en la que se conciben la vivienda y sus habitantes desde una necesidad principalmente material (King, 2005). De esta manera, se ignoran las necesidades y aspiraciones particulares de hombres y mujeres (Levy, 1996) y las funciones inmateriales y políticas que tiene la vivienda, más allá de su función material y económica (Carli & Frediani, 2016). Tomando en cuenta lo anterior, toma especial relevancia hacer dialogar la literatura de vivienda enfocada en la provisión de viviendas básicas con otras disciplinas. A partir del análisis de los distintos marcos teóricos que informan el estudio de la vivienda, Clapham (2002, 2010) subraya la necesidad de incluir la vivienda en un marco más amplio de bienestar, atendiendo a su impacto en múltiples aspectos de la vida y tomando en cuenta aspiraciones procedimentales y post-materialistas.
En el caso de la política de vivienda chilena, esta ha consistido en un programa de subsidio directo a gran escala construido principalmente por el sector privado. A pesar de los cambios de Gobierno, la política de vivienda se ha mantenido muy similar desde su concepción a fines de los años setenta, la cual fue impulsada por una fuerte ideología neoliberal. A raíz de ello, se priorizó la eficiencia en la construcción, sin una noción de inclusión de las viviendas sociales en la ciudad ni una aproximación integral a la pobreza urbana (Gilbert, 2002). A pesar de que el programa habitacional Fondo Solidario de Vivienda, dirigido al quinto quintil de ingreso económico, ha sido reconocido internacionalmente por su eficiencia en la reducción de asentamientos informales en el país durante los años noventa (“Affordable land and housing”, 2011), también se ha reconocido que la construcción masiva de viviendas sociales en la periferia de Santiago generó graves problemas urbanos y sociales (Ducci, 1997; Márquez, 2004; Mora, Sabatini, Fulgueiras e Innocenti, 2014; Rodríguez y Sugranyes, 2004; Siclari, 2012). Es así como diversas problemáticas sociales se trasladaron desde el asentamiento informal a la vivienda social en formas menos visibles, pero todavía presentes. A pesar que la política de vivienda ha mejorado en la última década2, la aproximación de esta se ha mantenido bastante similar. Como consecuencia, los asentamientos informales son aún concebidos como un problema de vivienda material y la solución se mide en un mayor número de subsidios asignados y viviendas construidas, no una aproximación urbana y social más integral.
Veinte años después, el caso de la región de Valparaíso es un ejemplo de cómo ha persistido una percepción negativa sobre la vivienda social en Chile para los (nuevos) pobladores, incluso en aquellos que no lo han vivido personalmente (Arellano, 2005; Pino, 2015; Vildósola, 2011). De esta manera, la vivienda social se asocia no solo con una materialidad deficiente, sino también con un deterioro en la calidad de vida, lo que ha significado que los habitantes busquen otras alternativas de vivienda a modo de evitar la vivienda social.
Lo político de hacer hogar, una aproximación de género a la vivienda popular
A partir de lo anterior, queda manifiesta la necesidad de explorar qué aspectos de la vivienda son aquellos que los habitantes valoran, más allá de su materialidad, con el fin de entender la potencialidad de la vivienda en sus diferentes roles y atender de mejor manera las necesidades y aspiraciones de sus habitantes. Esta sección introduce algunos aspectos de la noción teórica de hogar, que buscan complementar la visión de la vivienda básica solo como un bien material.
Similar a la distinción de Heidegger (1971) entre habitar y construir, en donde habitar es una forma de ser en el mundo, Blunt & Dowling (2006) afirman que no necesariamente toda casa es un hogar y no todo hogar es una casa. Ambos distinguen entre la construcción material de la vivienda y el significado intangible de “sentirse en el hogar”. Para los autores, el hogar o el habitar responden a un sentimiento personal y subjetivo de pertenencia, distinto del entorno construido, pero no independiente de él. Esta relación entre identidad y el entorno construido es el punto de partida de la literatura de hogar.
El estudio del hogar ha crecido exponencialmente en los últimos 30 años (Mallett, 2004), pero, a pesar de ello, sigue siendo un campo pequeño y principalmente usado por disciplinas como la geografía, psicología, arquitectura e historia. A pesar que ‘hogar’ se utiliza muchas veces para apelar a un espacio acogedor, las geógrafas feministas han puesto en el centro de su análisis las relaciones de poder y la subordinación de género. Específicamente, esta concepción de hogar nace para desafiar la división de hogar que emerge en la época de la industrialización, entre mundo privado y público, y la subordinación de la mujer en ambas esferas. Las académicas feministas marxistas señalan que, en función del desarrollo del mercado capitalista, esta división implicó una despolitización de la esfera privada y la justificación del trabajo reproductivo no remunerado, poniendo a la mujer en una posición de desigualdad con respecto al hombre (Moser, 1993).
A pesar que existe amplia literatura crítica del hogar aplicada a estudios de género, la noción de hogar no ha sido mayormente desarrollada en contextos de pobreza y vivienda popular (algunas excepciones son Brickell, 2011 y Read, 2014). Es por ello que resulta interesante y necesario aplicar la noción de hogar como complemento a la literatura existente de vivienda para los sectores más vulnerables. Para ello, se propone explorar en ciertas dimensiones de la noción teórica de hogar que pueden ser un aporte para pensar en la vivienda popular. Es decir, se busca entender cómo las emociones y afectos, la(s) identidad(es) de los/las habitantes, y actividades y relaciones median la relación entre los/las habitantes y su vivienda, y cómo estos aspectos influyen en la producción del hábitat. Y cómo las relaciones entre los habitantes y entre los habitantes y el lugar pueden ser la base para un proceso de concientización y prácticas más visibles de contestación. Es importante señalar que no se pretende hacer una aproximación exhaustiva de la noción de hogar, sino más bien poner énfasis en elementos que no han recibido considerable atención en contextos de vivienda popular.
Hacer hogar hace referencia explícita a las prácticas sociales de los habitantes en la construcción material e inmaterial del hogar. A pesar que las prácticas para hacer hogar no han recibido atención como unidad de análisis en las ciencias sociales (Sandu, 2013), algunas disciplinas han abordado prácticas del día a día en relación con la vivienda. Por ejemplo, las prácticas familiares de Morgan (2011) son una aproximación interesante a las prácticas en el contexto del hogar, ya que analizan las rutinas del sistema familiar, sin embargo, el foco está en la relación que se establece entre los miembros de la familia más que con el entorno construido.
Por otro lado, los conceptos de estrategias y tácticas de Certeau (1988) permiten pensar en el rol político que pueden tener las prácticas cotidianas al establecer las tácticas como espacios u oportunidades que tienen aquellos con menos poder en la sociedad, de manera de encontrar “grietas” (p. 37) que le permitan avanzar u obtener ciertas ganancias.
De esta manera, la noción de práctica de hacer hogar en este artículo está inspirado en la posibilidad de resistencia a través de la vida cotidiana (Bayat, 2013). El hacer hogar se entiende aquí como las prácticas reproductivas, productivas y comunitarias (Moser, 1993; Young, 2002) que hacen posible tanto la materialidad del hogar como la construcción de un proyecto de vida en y desde el asentamiento informal. Estas prácticas -consciente o inconscientemente- resisten, desafían u afirman ciertas relaciones y formas del cómo habitar en la vivienda y la ciudad. Esta definición, por lo tanto, expande la noción de hogar de las geógrafas feministas, desde sus elementos más prácticos de construcción de la vivienda y reproducción de sus miembros, pues se agrega una noción política de resistencia.
A continuación, se discuten las cuatro dimensiones de hogar relevantes para el presente artículo.
Hacer hogar y los afectos que lo movilizan
El hogar está constituido por un sinnúmero de experiencias multisensoriales que permiten “sentirse en el hogar”, es decir, las emociones no solo son corporeizadas, sino también se viven a través de los lugares (Bondi, Davidson & Smith, 2007). Tradicionalmente, el hogar se ha asociado principalmente a emociones positivas. En efecto, la concepción del hogar como “refugio” (safe haven) ha sido una idea predominante tanto en la literatura de hogar como en la vida cotidiana, igualando hogar con un espacio seguro y acogedor. Desde los años ochenta, esta noción ha sido rechazada categóricamente por académicas feministas, afirmando que la noción de hogar como refugio fomenta una idea falsa de estabilidad y realización personal, lo que no permitiría desafiar la posición de subordinación de la mujer en el espacio doméstico, por ende, no permitiría la reivindicación de género (Honig, 1994). Por ello, se acepta que el hogar es un espacio de contestación y en disputa.
Las emociones -positivas o negativas- pueden ser usadas por las mujeres para desafiar los roles tradicionales que se le han atribuido. En esta línea, Besserer (2000) discute el caso de mujeres mixtecas en México. El autor analiza cómo las mujeres, al apropiarse de sentimientos que suelen ser considerados inadecuados en el contexto en el que se encuentran, son capaces de abrir espacios de resistencia y cambio político. Los sentimientos inapropiados son aquellos que no se alinean con la cultura dominante, en el caso de las migrantes, sentimientos que desafían las emociones tradicionalmente asignadas al género, edad y lugar de procedencia. Por ejemplo, cambiar de vergüenza a enojo permite la movilización que no había sido posible anteriormente. El autor afirma: “Los sentimientos inapropiados de la mujer migrante son, a mi parecer, una pieza clave en la lucha por una nueva ciudadanía” (p. 19).
Los afectos también se construyen intersubjetivamente en relación a otros y también con los lugares. Si bien las emociones pueden actuar como motores de cambio, al mismo tiempo pueden constituirse como obstáculos para estos procesos. Por ejemplo, una comunidad puede colectivamente tener afectos positivos por sus viviendas, pero al mismo tiempo puede existir una fuerte discriminación desde el exterior, causando sentimientos contradictorios hacia el lugar de residencia (Manzo, 2014).
Hacer hogar a través de la interseccionalidad de identidades
Una mirada integral (de género) considera los procesos de subordinación a través de múltiples aspectos de la identidad (edad, etnia, clase) y la interseccionalidad de estas identidades (Young, 2002). Muchas veces es difícil reconocer que la opresión de mujeres pobladoras no es solo de clase (‘ser pobres’) sino que, además, comprende la intersección del género (‘ser mujer pobre’) con otras identidades (‘ser mujer pobre indígena’ o ‘mujer pobre discapacitada’). Reconocer la interseccionalidad de identidades es importante para definir la diversidad de necesidades y aspiraciones de los habitantes, y las múltiples subordinaciones a las que las mujeres pueden estar expuestas.
La identidad de la mujer chilena ha estado históricamente influenciada por dos instituciones: la Iglesia Católica y el Estado. Según Willmott (2002), esto ha resultado en un tipo específico de maternidad, en la que existe una evaluación particularmente alta del autosacrificio. Así, se ponen las necesidades de los otros por sobre las propias, llegando a postergar sus posibilidades de desarrollo, educación e incluso salud, lo que explica cómo la maternidad ha sido un aspecto fundamental en la definición de la identidad de las mujeres chilenas, y ha definido las necesidades y las razones de movilización frente a situaciones de injusticia.
Hacer hogar en distintas escalas del territorio
La separación histórica entre la esfera privada y pública ha estado en el centro de la discusión feminista sobre el hogar. La esfera privada, considerada típicamente como el espacio doméstico, se ha relacionado con un espacio femenino y apolítico. En cambio, la esfera pública, como un espacio principalmente masculino y de participación política. Esta distinción dicotómica entre lo público y lo privado es problemática ya que sugiere roles definidos para cada género, asigna un espacio físico territorial a cada esfera y niega la posibilidad de cualquier tipo de participación en la esfera política a aquellos que se encuentran en el espacio doméstico, con implicancias importantes para la participación de la mujer fuera de la esfera privada.
Es por ello que las geógrafas feministas, interesadas especialmente en cómo las relaciones de poder se viven en el territorio y espacio, proponen un continuo entre las dos esferas, desafiando la idea de una estricta división entre ambas. Massey (1992) afirma que el hogar no está separado de lo público y el mundo político, sino que está constituido a través de ello. La autora plantea al hogar como una articulación de ambas esferas, así, este es producido y reproducido tanto por los procesos domésticos como por los procesos políticos, económicos y sociales.
Una de las implicancias de esta concepción es politizar temas tradicionalmente considerados parte de la esfera privada, llevándolos a la esfera de lo público, es decir, temas tales como violencia doméstica, actividades de cuidado y el trabajo doméstico pueden abrirse a la esfera pública. Un ejemplo de ellos es el reciente movimiento feminista de América Latina ‘Ni una menos’ en contra del femicidio (“#NiUnaMenos”, 2016), en el que se lleva un tema tradicionalmente ‘privado’ a las ‘calles’.
Hacer hogar y su dimensión política
Como se ha sugerido en los tres puntos anteriores, este artículo plantea una noción de hogar que incluye una dimensión política. Al desafiar la idea tradicional de hogar como únicamente el espacio doméstico y de emociones positivas, se ha afirmado que es un lugar de relaciones de poder y de subordinación de género. Sin embargo, lo que se ha visto en cada uno de los puntos es la posibilidad de cambio y del rol político que puede tener una nueva noción de hogar al desafiar esta noción tradicional definida desde lo masculino.
hooks (1990) ha sido una de las académicas clave en expandir la noción política de hogar. Como parte de la tercera generación de feminismo, la autora analiza el rol del hogar en la lucha por los derechos civiles de la población afroamericana en Estados Unidos y señala que, en un contexto en donde la vida pública se encontraba en constante amenaza, el hogar emerge como un lugar seguro desde donde crear una identidad colectiva de clase, género y raza, que reafirma y sustenta la lucha por la ciudadanía. El hogar se presenta como un lugar desde donde desafiar posiciones dominantes del sistema político, económico y social.
Un ejemplo de aquello es el rol político de las mujeres en el periodo de dictadura en Chile, donde abrieron un espacio para la participación política desde la esfera privada. El lema “Democracia en el país y en la casa” del movimiento feminista fue un símbolo de aquello (Kirkwood, 2010). El lema apunta a una demanda no solo por democracia sino por los derechos de la mujer. He ahí la referencia a las relaciones de poder autoritarias tanto en el país como en las relaciones de género. Las mujeres abrieron nuevos espacios de participación a través de nuevas formas de hacer política, politizando los temas de la esfera privada y la vida cotidiana (Baldez, 2002; Dandavati, 2005).
Lo anterior, muestra que una nueva conceptualización de hogar, desde sus dimensiones emocionales, subjetivas y políticas, puede ayudar a pensar en la vivienda más allá de su rol material. En este artículo se define la noción de hogar como un espacio en disputa, inscrito en el espacio, tiempo, afectos y corporalidad de sus habitantes. Esta nueva forma de entender el hogar desafía la idea tradicional de hogar como un espacio privado y apolítico. Esta concepción tiene implicancias para la vivienda popular, ya que si la vivienda no es solo concebida como una necesidad estrictamente material, sino como un espacio de relaciones, se abren espacios para atender necesidades inmateriales de los habitantes, como también espacios para renegociar roles y desde dónde puedan emerger nuevas formas de agencia para procesos colectivos.
Contexto de investigación y metodología
Viña del Mar es la comuna de Chile con el mayor número de personas viviendo en asentamientos informales del país, y la región reúne a más de un tercio de los pobladores informales del país (“Catastro nacional de campamentos”, 2016). Hasta hace unos años esta realidad era desconocida, y no fue hasta el año 2011 que se hizo pública tras la realización de un catastro nacional (Ministerio de Vivienda y Urbanismo, 2013). Contrario al fenómeno de tomas de terrenos visibles y politizadas de Santiago entre los años 1970 y 1980 (Castell, 1977), en la región de Valparaíso este fenómeno no había sido visible. De hecho, la mayor cantidad de tomas de terreno en la región tuvo lugar décadas después durante los años 2000, cuando en el país el problema de los asentamientos informales parecía solucionado. Vildósola (2011) ha denominado a este fenómeno como “tomas de terreno silenciosas” (p. 55), ya que la invasión a los terrenos fue de baja visibilidad y confrontación con las autoridades. Esto ha cambiado en los últimos años, teniendo su momento de mayor visibilidad en febrero de 2017, durante el festival de Viña del Mar, con la ocupación del Hotel O’Higgins por parte de uno de los asentamientos informales de la comuna (“Tres detenidos en protestas”, 2017), en el que hicieron público su descontento con las negociaciones frustradas con la municipalidad sobre acceder a electricidad formalmente, es decir, los habitantes buscan pagar por el servicio de modo de tener acceso regular. Es importante notar que durante la ocupación la mayoría de los dirigentes eran mujeres.
Como se señaló en la introducción, contrario al resto del país, donde la lucha de vivienda ha estado orientada a la obtención de subsidio de vivienda, los pobladores de Viña del Mar han luchado por la radicación. Es decir, permanecer en el territorio a través de la compra subsidiada de los terrenos y construir sus casas a través de autoconstrucción. Ideas tales como ‘me daría depresión’, ‘es muy peligroso’, o ‘no cabría con mis tres hijos’ son comunes en los residentes de asentamientos informales de Viña del Mar frente a la idea de trasladarse a viviendas sociales (Ossul-Vermehren, 2017). Esto responde a un rechazo generalizado hacia la actual política de vivienda y también a procesos históricos de autogestión y apropiación de los terrenos en la comuna de Viña del Mar (Arellano, 2005; Santibáñez y Brignardello, 2005; Vildósola, 2011). Es importante señalar que desde que se creó la política actual de vivienda a fines de los años setenta la autoconstrucción ha dejado de ser un tema relevante tanto para las políticas públicas como para la academia chilena (algunas excepciones son Castillo, 2014 y Márquez, 2006).
En este artículo se discutirán los resultados de la definición de hogar para las habitantes, es decir, cómo las participantes definen hogar incluyendo las emociones y prácticas que están asociadas a ello. Los datos fueron recolectados en un periodo de ocho meses durante los años 2014-2015 en la región de Valparaíso, Chile. La investigación es de carácter cualitativo y se utilizó una metodología basada en principios metodológicos feministas (McDowell, 1992; Wolf, 1996) y métodos visuales participativos (Rose, 2001; Pink, 2007). Para efectos de este artículo, los hallazgos que se presentan se elaboraron en torno al análisis de los resultados de 32 mujeres de 11 comités de vivienda. Se tomaron en cuenta: etapa de vida, género y grado de participación en comités de vivienda, a modo de registrar una variedad de prácticas de hacer hogar y grados de concientización política sobre estas prácticas. La investigación contó con la aprobación del comité de ética de la institución correspondiente y los participantes dieron su consentimiento para su participación, divulgación de los datos y derechos de las fotografías tomadas durante los talleres. Los nombres de los participantes han sido cambiados para efectos de privacidad.
Utilizando la consigna ¿Qué significa el hogar para ti? se recolectaron datos a través de historias de vida y talleres de fotografía participativa. Las primeras recolectaron información de tipo verbal en un encuentro de una a dos horas aproximadamente, mientras que el segundo método incluyó fotografías tomadas por los propios participantes en el curso de seis sesiones durante un mes y medio. Se utilizó fotografía participativa, para complementar las historias de vida, ya que esta permite atender, en parte, las barreras de edad, lenguaje y relaciones de poder entre investigador y participantes (Guillemin & Drew, 2010). Además, facilita abrir nuevas narrativas gatilladas por estímulos visuales (Sandu, 2013) y capturar de mejor manera experiencias y emociones sobre lugares, en comparación con el uso de métodos basados únicamente en el lenguaje (Van Auken, Frisvolly & Stewart, 2010). Finalmente, los datos se analizaron según análisis temático y el modelo de involucramiento interpretativo (Drew & Guillemin, 2014).
Noción de hogar vivido y practicado por mujeres de asentamientos informales
Siguiendo las cuatro dimensiones introducidas anteriormente, a continuación se presentan los resultados con respecto a la definición de hogar de las habitantes, tanto desde sus aspectos verbales como performativos.
Hacer hogar y los afectos que lo movilizan
Inicialmente, al preguntar sobre hogar en las historias de vida, las participantes hicieron referencia a los aspectos positivos del espacio doméstico. En ellos, se muestran afectos positivos hacia los miembros de la familia y las relaciones que ahí se establecen. El cuidado y amor por los hijos y pareja es el punto de referencia principal para esta pregunta. Es así como se puede observar que los sentimientos hacia el hogar están íntimamente relacionados con las tareas de cuidado por parte de las mujeres, y las expectativas que emergen desde su rol reproductivo.
“El hogar es mi familia, el cariño que le tengo a todos ellos” (Carmen, 52 años).
“Mi familia, mi marido y mi hijo son mi orgullo” (Berta, 46 años).
Estos afectos están circunscritos especialmente al espacio doméstico y a la materialidad de la vivienda, como lo expresó una de las participantes en el taller de fotografía:
“Esta es mi casa por fuera, y la de arriba es la de mi hijo. Esto es lo más importante para mí. La empecé de a poquito poniéndole baño, arreglé el living, le puse piso, y tiene una cocina bonita. Me falta todavía forrarla, me ha costado harto, pero de a poquito la voy a ir terminando” (Bernarda, 52 años).
Sin embargo, aun cuando los sentimientos hacia el hogar nuclear son descritos verbalmente como positivos, estos se encuentran en constante contradicción con los sentimientos negativos, que se expresan tanto en el discurso como en la práctica misma de hacer hogar. En efecto, un número importante de mujeres hizo referencia a haber sido víctimas de violencia doméstica. Como consecuencia, algunas de ellas dejaron su casa y llegaron al asentamiento, o construyeron una nueva vivienda en otro sector de este para poder alejarse de su pareja. Aquí el hogar se plantea como un ‘infierno’, un lugar donde es imposible vivir. La construcción de la nueva vivienda emerge entonces como una forma de hacer sentido al proceso de reconstrucción física y psicológica de sus nuevas vidas.
“Yo me llevaba muy mal con mi marido, me pegaba, los chiquillos pasaban puro sufriendo. Yo entré como en depresión, entonces estaba mal, perdí mi trabajo por lo mismo y decidí venirme para acá, de un día para otro, no lo pensé mucho. Me conseguí una pieza en otra parte del campamento y me vine. Era chica, pero nos sentíamos en paz. De a poco la fui arreglando, de a poco se veía mejor” (María, 40 años).
A pesar de que inicialmente han podido escapar de una relación violenta, muchas mujeres reconocen que en algún momento posterior han vuelto con sus parejas. Lo anterior está marcado por el hecho de que la estabilidad emocional del hogar es frágil, cíclica y dependiente de los estados anímicos, constructivos y económicos del nuevo hogar. Las mujeres reconocen volver a estas relaciones, ya sea porque necesitan el dinero que su pareja puede aportar, por la capacidad constructiva del hombre o por “sentirse solas”. Esto refleja la vulnerabilidad y dificultades estructurales para alcanzar independencia del contexto en que se encuentran.
En cuanto a las prácticas mismas para hacer hogar, el esfuerzo puesto en las tareas diarias se asocia en cierta medida a sentimientos negativos. A través de fotodiarios en los que las mujeres registraron sus actividades diarias, fue posible identificar y discutir sobre estas prácticas. Las fotografías hicieron visibles prácticas reproductivas, muchas veces monótonas y tediosas, como también el ingenio para desempeñar sus múltiples roles -no solo el reproductivo, sino también productivo y comunitario-. Algunas de las prácticas identificadas fueron: largas jornadas de trabajo dentro y fuera de la vivienda, dificultades de movilidad en el asentamiento debido a la topografía del terreno y el desafío de llevar a cabo las tareas domésticas como lavado de ropa y aseo por el escaso acceso a agua y electricidad.
Por lo general, las mujeres están sometidas a largas jornadas de trabajo doméstico, como se ejemplifica en los siguientes extractos:
“La mayoría de nuestras parejas trabaja y muchas de nosotras también trabajamos dentro y fuera de la casa, pero nosotras no tenemos el lujo de descansar. No podemos decir: ‘Hoy estoy cansada’. Tienes que seguir haciendo las cosas de la casa, no más” (Carmen, 29 años).
Sin embargo, al mismo tiempo es el esfuerzo de cada día el que refuerza su lucha por la vivienda. El hecho de hacer hogar en condiciones difíciles genera mayor apego de lugar, y agencia colectiva.
“Los primeros años fueron difíciles, porque teníamos que traer todo de abajo, porque acá arriba no vendían nada y no corrían ni autos, así que a todo había que ir a pie todos los días. Yo creo que los primeros cinco o seis años vivir en el cerro era muy difícil. Yo bajaba a dejar a los niños a la escuela, los iba a buscar, en el día me pegaba como cuatro, cinco piques, subir y bajar, teníamos que ir a la feria y traer todo a pulso no más (…) Pero ya me he acostumbrado. Yo llegué a la toma cuando tenía 26 y he criado a todos mis hijos acá. No me quiero ir, yo creo que es por el cariño que todos le tenemos al cerro” (María, 40 años).
Hacer hogar a través de la interseccionalidad de identidades
La relación de las mujeres con el hogar, cómo lo definen y cómo lo viven en su vida cotidiana está mediado por sus múltiples identidades y la intersección de ellas. Para las mujeres, una primera identidad es la de pobladora e inicialmente la movilización se da por la necesidad urgente de conseguir un lugar para vivir. Este es un problema de “clase”, que se refleja en las dificultades de pagar arriendo o vivir de allegado y, por ende, aceptando el asentamiento como una forma para acceder a un terreno y vivienda.
“Yo estuve arrendando, ya me cobraban mucho, no tenía adonde ir. Así que no me quedó otra opción” (Sandra, 33 años).
Sin embargo, para la mayoría de las mujeres la decisión de vivir en un asentamiento informal no solo está vinculada a la dimensión de clase, sino que también está íntimamente ligada a su identidad como madre. Su rol reproductivo -en términos fundamentales el de crear y mantener la vida- estructura y da sentido tanto en el corto plazo (el sacrificio diario de hacer hogar en el asentamiento), como en el largo plazo; mantener la motivación para buscar una solución habitacional definitiva. La lucha por la vivienda se justifica desde y para asegurar un mejor futuro para sus hijos, aunque sea en desmedro de sus necesidades y desarrollo, como cuenta una de las fundadoras de un comité de vivienda:
“Yo vivía sola con mi hija y trabajaba y arrendaba una piececita ahí abajo. Habíamos pasado por muchas cosas, durmiendo en la calle, durmiendo en la playa, en plazas. Después llegué a la construcción y de la construcción pasé a trabajar puertas adentro con ella [pero ahí] a mi hija no me la trataban bien, entonces yo me arrendé una piececita en la población de abajo, y ahí vi que empezaron a aparecer las casitas, y toda la plata que yo había juntado puertas adentro en el banco -porque siempre fui ordenada con la plata-, eh con eso pagaba arriendo y hacía aseo cuando mi hija estaba en el jardín. Pero no me alcanzaba después la plata para seguir pagando arriendo y darle de comer a mi hija. Entonces era darle de comer a mi hija o pagar el arriendo, y preferí darle de comer a mi hija y me tomé aquí el cerro” (Soledad, 60 años).
Sin embargo, para otras mujeres vivir en el asentamiento informal ha implicado lo contrario: perder a sus hijos debido a las condiciones materiales del lugar.
“Esa es una pena que tengo porque resulta que mis hijos nunca han salido del lado mío, nunca. Y resulta que el papá hizo todo un trámite por cuenta de él, me llamaron que yo estaba citada a una mediación, llegué a la mediación y resulta que no era tan así. Ese día me dijeron que mis hijos se iban con su papá por las condiciones que yo vivía y por vivir en una toma, que no tengo alcantarillado, como dijo la señorita, que no tenía las condiciones básicas para tener a mis hijos, que no estaba apta para tenerlos… Para qué te digo… (Elsa, 37 años).
La ‘edad’ es otra dimensión de identidad que media la experiencia de hogar. Tanto a mujeres jóvenes como a mayores se les atribuyen importantes responsabilidades de cuidado de menores de edad o personas enfermas, en algunos casos limitando sus propias posibilidades de desarrollo y generando sensaciones de encierro y frustración al quedar confinada al espacio doméstico.
En muchos casos las hermanas mayores deben cuidar de sus hermanos para permitir a la madre salir a trabajar, frustrando sus posibilidades de estudio y/o trabajo. En el caso de las mujeres mayores, deben atender a la pareja y/o a los nietos de forma permanente u ocasional, aun cuando ellas mismas requieran cuidado. En ambos casos, sus tareas de cuidado resultan clave para el conjunto familiar.
“Mi vida es estar adentro, encerrada, no tengo ninguna actividad afuera. Tengo que cuidar a mi marido, que está enfermo, y a mi nieta de tres años. Ese es mi mundo” (Karin, 58 años).
Por último, también fue posible ver como la ‘etnicidad’ media la experiencia del hogar. La llegada de inmigrantes es un fenómeno relativamente nuevo para los asentamientos informales de la ciudad. En los últimos años han llegado personas de otros países, tales como Haití, Colombia y Perú. En una reunión de comités de vivienda una de las dirigentas le planteaba al resto: “En mi comité hay muchos colombianos y peruanos, ellos lo necesitan igual que nosotros, así que debemos ayudarlos” (Yosselyn, 35 años). Este ejemplo muestra cómo la solidaridad se da desde la “clase”, es decir, al reconocer que no es el lugar de procedencia sino que la necesidad por vivienda lo que se tiene en común.
Hacer hogar en distintas escalas territoriales
Como se mencionó anteriormente, los resultados de las historias de vida tienden a inscribirse en la escala doméstica de la vivienda (“El hogar es mi casa, mi familia”), sin embargo, las fotografías tomadas por los participantes abrieron la posibilidad de hablar de hogar de diversas formas y en múltiples escalas territoriales. Las imágenes hacen referencia al hogar como vivienda, barrio e incluso ciudad. Lo anterior, a través de fotografías de calles y pasajes, comités de viviendas, sedes sociales, huertas, jardines, espacios de juego, los cerros y la vista a la ciudad de Viña del Mar. Las fotografías permitieron usar otro medio más allá del verbal para expresar la complejidad del hogar. Esto demuestra visualmente cómo el espacio “privado” se abre a la ciudad.
Los espacios comunes, tales como plaza y espacios de recreación, son valorados tanto por el espacio mismo como por la función social que cumplen.
“Este es el patio. Es infaltable porque siempre nos juntamos aquí en el patio con los amigos, cuando va alguien o cosas especiales. Antes que tuviéramos la sede social siempre lo hacíamos en mi patio -cumpleaños en mi patio, fiesta en mi patio, fiesta de Navidad-. Era todo en el patio. Es importante, porque es nuestro lugar de encuentro” (Isabel, 34 años).
“Me gusta la vista que tengo, veo las palmeras y entremedio, más allá, puedo ver el mar. Es hermoso que puedas llegar a tener esta vista, que sea una parte del lugar donde tú vives. Durante el día no te percatas, pero de repente miras la ciudad, y das gracias que sea algo tan bonito” (Claudia, 33 años).
Hacer hogar y su dimensión política
Por último, y como se ha presentado anteriormente, la noción de hogar en este contexto se inscribe en una dimensión política. Las mujeres, dirigentas o no dirigentas, hacen alusión a las diversas luchas, tanto personales como colectivas, para crear un hogar en el asentamiento. Para muchas de ellas, su hogar es uno de los logros más importantes en sus vidas. Representa una lucha diaria de construcción y mantención; contra la topografía del cerro, sus parejas, familiares y/o las autoridades. El sacrificio diario de hacer un hogar en estas condiciones es extremadamente significativo.
Para las dirigentas esta noción política es aún más consciente. Por otra parte, a pesar de que la participación de muchas en los comités de vivienda ha estado motivada inicialmente por la necesidad práctica de mejorar la infraestructura, poco a poco este involucramiento ha gatillado un proceso de concientización no solo de clase, sino que también de género. Es posible ver esto en los comités que llevan más tiempo trabajando, no así en aquellos que solo llevan un par de años. En los últimos es más común que las mujeres tengan cargos de apoyo de liderazgos masculinos. En las que sí se ha dado, las mujeres han comenzado a cuestionar su rol y el del género masculino en el trabajo por la vivienda, como lo señala la siguiente cita de una dirigenta:
“Al final, nuestros maridos van a poner la plata para la casa, pero la lucha del día a día la hacemos nosotras, las mujeres. Aquí el 80% de las personas que viene a reunión son mujeres, las que participan en las actividades son mujeres, las que organizan las actividades son mujeres, las que hacen todos los trámites y papeleos somos nosotras. Entonces, somos nosotras las que hacemos el mayor esfuerzo para salir de acá o conseguir una casa acá” (Carmen, 48).
Finalmente, hay un rechazo claro a las condiciones de la política de vivienda existente y se muestra el hacer hogar en el asentamiento informal como un acto político de resistencia a ello:
“Pienso que aceptar la casa del Gobierno es en el fondo rendirse. Tú pierdes más de lo que ganas. Si te vas a una casa del Estado pierdes vida matrimonial, pierdes tranquilidad y te aíslan (…) Pierdes privacidad, por lo menos acá tú tienes tu espacio, sea como sea, te puedes agrandar un poco para allá. Pero estando en un quinto piso, ¿para dónde te vas agrandar? Es imposible… Y lo que hace es aislarte y ‘guetarte’, porque además no te van a dar nunca unas casas básicas en pleno centro, siempre te van a tirar a la periferia, donde la locomoción es mala, que tengas que andar horas en micro para llegar a tu pega, entonces son soluciones parche. Entonces, para andar con parches, yo prefiero en ese caso, si yo no tengo mi casa, aquí yo estoy dispuesta a pararme con una carpa afuera de la municipalidad o al parlamento” (Isabel, 34 años).
Conclusión
La noción de hogar, tradicionalmente usada en estudios de género, se presenta como una forma de discutir ciertos aspectos de la vivienda popular que suelen ser ignorados por los estudios urbanos, sin embargo, son centrales en las vidas de hombres y mujeres en hábitats informales. Se presentan cuatro elementos a modo de echar luz sobre estos aspectos: hacer hogar y los afectos que lo movilizan; hacer hogar a través de la interseccionalidad de identidades; hacer hogar en distintas escalas del territorio; y, finalmente, la dimensión política de hacer hogar. Estos puntos de vista ofrecen una conceptualización de hogar que reconoce las diversas identidades de sus habitantes, diversas escalas en que el hacer hogar se vive no solo en el espacio doméstico, pero también en el barrio y la ciudad, y los aspectos políticos del hogar, los cuales se expresan en las relaciones de poder que se establecen en el espacio doméstico así como también en y con la ciudad.
El artículo presenta el caso de una demanda de vivienda que es nueva para el país. Los habitantes conciben el asentamiento no como un lugar transitorio que se encuentre bien localizado para luego acceder a un subsidio habitacional, como ocurrió entre los años 1990 y 2000 (Brain, Prieto y Sabatini, 2010), sino que como un fin en sí mismo (Pino, 2015). El caso también presenta una nueva caracterización de pobladores marcado por distintas clases socioeconómicas y nacionalidades, por ende, poder explicar estas nuevas tendencias, nos invita a entender la vivienda para los sectores populares desde nuevas aproximaciones teóricas. La noción de hogar se ofrece como una de las formas de interrogar el valor de la vivienda más allá de un bien económico o la necesidad de un refugio inmediato, y examinar el valor que tienen estas nuevas formas de habitar para sus habitantes.
El artículo invita a pensar en dos elementos. En primer lugar, el rol de la autoconstrucción y su función en la creación de hogar, que ha sido un tema olvidado por la academia y las políticas de vivienda en Chile desde los años sesenta, sin embargo, ante el caso presentado, las ideas del arquitecto británico John Turner (1991) emergen como un punto de entrada clave para esta discusión. Su famosa conceptualización de la “vivienda como verbo”, en donde el valor de la vivienda no solo se mide desde sus características materiales, sino lo que puede hacer para sus habitantes, es decir, el valor de la autoconstrucción como control sobre la construcción y las vidas de los habitantes. En línea con el nuevo objetivo urbano de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, el cual invita a reconocer el rol de los habitantes informales en la producción de la ciudad, esto plantea desafíos a nuevas formas de pensar la política de vivienda que sean oportunas con las necesidades de distintas áreas del país y que faciliten el trabajo existente de los pobladores, en vez de negarlos.
Y, en segundo lugar, la importancia de una aproximación de género para la conceptualización de vivienda popular. En Chile, el rol de las mujeres en luchas contemporáneas de vivienda y cómo se puede adoptar una política de vivienda sensible a temáticas de género no ha sido estudiado ampliamente (en línea con investigaciones como Ducci, 1994; Errázuriz, 1992). Es importante reconocer el rol cotidiano de las mujeres en procesos de vivienda, que esto se vea reflejado en políticas sociales que apoyen las posibilidades de trabajar, atiendan a las tareas de cuidado y apoyen el rol fundamental de las dirigentas sociales. Asimismo, la importancia de desarrollar metodologías de investigación que abran nuevos espacios para estudiar temáticas de género. El uso de prácticas como unidad de análisis, y a través de métodos visuales, permite abrir nuevos espacios de investigación. En efecto, el tipo de información capturada y la evaluación de las mismas participantes sugiere que los talleres de fotografías participativas son un buen método para trabajar con mujeres en contextos de pobreza.
El rol que las mujeres cumplen en la producción de la ciudad es un tema que debemos seguir explorando, investigando y haciendo visible, a modo de reconocer su trabajo y entender cómo políticas sociales y de vivienda pueden apoyar los esfuerzos cotidianos de las mujeres en la creación de hogar.
Resumen
Introducción
Notas sobre vivienda popular y la conceptualización material de la vivienda
Lo político de hacer hogar, una aproximación de género a la vivienda popular
Hacer hogar y los afectos que lo movilizan
Hacer hogar a través de la interseccionalidad de identidades
Hacer hogar en distintas escalas del territorio
Hacer hogar y su dimensión política
Contexto de investigación y metodología
Noción de hogar vivido y practicado por mujeres de asentamientos informales
Hacer hogar y los afectos que lo movilizan
Hacer hogar a través de la interseccionalidad de identidades
Hacer hogar en distintas escalas territoriales
Hacer hogar y su dimensión política
Conclusión