in Cuadernos de Historia
Los dilemas de la desestalinización. El Partido Comunista chileno ante el XX Congreso del PCUS
Resumen:
En este artículo se propone estudiar la configuración inicial que adoptó la desestalinización en el Partido Comunista de Chile, a partir de la recepción que hizo de las resoluciones e informes del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, celebrado en febrero de 1956. En particular se sostiene que, a propósito del llamado a superar el problema del culto a la personalidad y ante la imposibilidad de execrar al dictador soviético, se produjo un proceso de discusión interna que rápidamente develó los dilemas y, con ello, los límites que tal desafío significó para este partido.
Introducción
Para la edición del 31 de diciembre de 1956, El Siglo dedicó, como de costumbre, el balance internacional del año que estaba por terminar. En el principal periódico del Partido Comunista de Chile (en adelante, PCCh) se leía que “1956 ha sido un año en que los pueblos han debido librar una histórica batalla en defensa de la paz”, a propósito de los hechos que, apenas unos meses antes y casi simultáneamente, captaron la atención del mundo. Sin embargo, aun cuando la guerra del Sinaí y el Otoño Húngaro motivaron debates, solidaridades y tensiones al interior de esta organización, el acontecimiento que finalmente dio el título de esta nota fue otro: el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). A juicio de su redactor, había inaugurado “una nueva etapa histórica de incalculables proyecciones” 1 .
Esta valoración sobre el llamado XX Congreso refleja lo que, en la historiografía, ha sido todo un consenso. Con la representación de 55 partidos y la asistencia de 1436 delegados, entre el 14 y el 26 de febrero, en Moscú, se vivió lo que ha sido considerado un hito trascendental en la historia del comunismo internacional. Para algunos historiadores significó el inicio de un largo declive de este movimiento en la medida que pavimentó sus futuras escisiones 2 . Para otros, en cambio, tal acontecimiento habría dado el impulso decisivo a la estrategia de las vías nacionales, lo que contribuyó a la popularización de los partidos comunistas sobre todo en África y Asia 3 .
El XX Congreso inició con las sesiones ordinarias y los tradicionales informes que celebraban los avances económicos, sociales y políticos del régimen soviético y su declarado proceso socialista. Luego se plantearon las tesis sobre la coexistencia pacífica y la pluralidad de las vías al socialismo, confirmando así los vientos de cambio que años antes soplaban tímidamente. Sin embargo, el desenlace de dicho encuentro dejó atónitos a las y los presentes. El primer secretario general del Comité Central del PCUS, Nikita Jrushchov, en una sesión a puertas cerradas en la noche del 25, denunció los crímenes, abusos y violaciones sistemáticas de la “legalidad socialista” por quien fue la máxima autoridad de la Unión Soviética (URSS) y, como tal, había sido admirado y endiosado, Stalin. Rápidamente, las primeras filtraciones del Discurso Secreto a Occidente obligaron su publicación en distintos medios del mundo.
Se trataba de un duro golpe. Aun cuando se individualizara a los responsables, para entonces, resultaba difícil disociar la llamada “construcción del socialismo” en la URSS de su principal líder y sin involucrar a otros miembros del Comité Central en ejercicio (por ejemplo, Molotov, Kaganovich, incluso, el mismo Jrushchov) 4 '. De este modo, los cargos contra Stalin amenazaban con escalar a una crítica global al estalinismo y, consiguientemente, al sistema que estructuró el movimiento comunista internacional y los regímenes identificados con esa ideología. Para salir de esta crisis, la dirección del PCUS adoptó como estrategia denunciar el problema del culto a la personalidad. Así, en la URSS se dio paso a un proceso de revisión y reforma que, con sus tiras y aflojas, se conoció como desestalinización. Tal política generó reacciones contradictorias en ese país: mientras en Gori hubo protestas en favor de Stalin, en otros lugares se acusó a la cúpula soviética de ser cómplices del dictador georgiano 5 . En distintos grados, el Discurso Secreto también agitó las aguas en las Democracias Populares de la Europa del Este. En Polonia, Hungría y Checoslovaquia, el descontento y las críticas en contra de esos regímenes se agudizaron. En China y en Vietnam del Norte, por su lado, se dio paso a una efímera liberalización que promovió la disidencia y flexibilizó las restricciones a la expresión política y artística.
Frente a estas circunstancias, y habiendo sido tributarios de Stalin y su régimen durante más de dos décadas, los partidos comunistas reaccionaron de diversas formas. Las denuncias de Jrushchov provocaron, en algunos casos, críticas tanto más o menos condenatorias respecto a Stalin 6 . En otros, un rechazo a esa puesta en cuestión 7 o, en su defecto, una actitud de reserva donde la reproducción de la versión del PCUS reemplazó el posicionamiento abierto 8 . Pese a estas diferencias, se cerró filas en torno a la política soviética y, a excepción de la dirección del Partido Comunista italiano, no se cuestionó el rol del estalinismo en la construcción del movimiento comunista internacional. Por esta razón, la mayoría de estos partidos optó por replicar la fórmula soviética e identificar el problema con el culto a la personalidad.
La aprobación de la pluralidad de vías al socialismo, por su parte, abrió la posibilidad para que cada partido comunista formulara un camino propio. Así, mientras las denuncias de Jrushchov catalizaron una crisis que se agudizaría con la intervención soviética en Hungría meses después, en el Cono Sur, México e Italia, tal coyuntura fue propicia para que los partidos comunistas reorientaran su política de alianzas, ya sea en función de una perspectiva de clase o de una mayor apertura hacia los sectores burgueses 9 . A la larga, en Chile, la ampliación de la estrategia del Frente de Liberación Nacional empalmó con un proceso de convergencia estratégica en las izquierdas que, en las próximas décadas, daría forma a la vía chilena al socialismo 10 .
Con todo, tanto las reafirmaciones como los cuestionamientos y las reelaboraciones que provocó el XX Congreso fueron delimitando los términos y alcances del impulso desestalinizador. Finalmente, tal como sostiene el historiador Francisco Erice, este proceso adoptó una lógica dialéctica de renovación y resistencia en estos partidos 11 .
En la historiografía del comunismo, dichas cuestiones han sido estudiadas desde perspectivas que se han preocupado de centrar la mirada en la agencia de quienes integraban estos partidos. De este modo, las indagaciones realizadas en torno al XX Congreso han formado parte de una línea de investigación que, sobre todo en los últimos años, ha profundizado en la específica complejidad de la relación entre lo nacional y lo internacional en esa identidad y cultura política1 12 .
Haciéndome parte de este desarrollo, este artículo propone estudiar la recepción que hizo de los informes y resoluciones del XX Congreso del PCUS como una forma de aproximarnos a la configuración inicial que adoptó la desestalinización de la cultura política del PCCh. En otras palabras, analizo la forma en que este partido interpretó el llamado a superar el problema del culto a la personalidad, considerando tanto las circunstancias en que aquello fue planteado como las tensiones que finalmente trajo en sus filas. De este modo, me interesa relevar un horizonte de posibilidad que, al delimitar el tratamiento público que le dio a este tema, es capaz de visibilizar los dilemas que generó la desestalinización. Con todo, propongo un abordaje que busca desarticular la carga normativa que trae consigo este concepto y que, en algunos estudios, se ha expresado en una evaluación de cuánto se condenó o no a Stalin 13 . Si bien las críticas al dictador soviético fueron parte importante del debate, aquellas no necesariamente reflejaron transformaciones de fondo.
En términos metodológicos, este estudio requirió primeramente reconstruir no solo los modos a través de los cuales el PCCh fue comunicando y explicando lo que se estaba resolviendo en el XX Congreso y, en particular, los cargos en contra de Stalin. Asimismo, el debate público donde debió lidiar con las acusaciones anticomunistas. Para ambos propósitos, consulté tanto los principales medios partidarios (la revista del Comité Central, Principios, y el periódico El Siglo) como los principales periódicos de las ideas de derecha liberal y conservadora, El Mercurio y El Diario Ilustrado.
Luego fue necesario reparar en las posiciones y, sobre todo, en las aclaraciones que la dirigencia comunista ofreció a la militancia respecto a Stalin y al problema del culto a la personalidad. A través de ese tipo de explicaciones, pude visibilizar una serie de tensiones internas que, de otra forma, no sería posible acceder dado el secretismo propio de los partidos comunistas. Para ello, si bien fueron útiles los informes de Congresos y Plenos del Comité Central, la sección “Preguntas y respuestas” de Principios fue clave en la medida que era elaborada desde el reconocimiento de un debate interno donde la dirección buscaba intervenir.
A partir de estas claves de lectura, doy cuenta que las denuncias sobre Stalin agitaron las aguas en el PCCh. Si bien la denuncia de Jrushchov pudo ser creíble, no llevó a esta organización a suprimir la figura del dictador soviético de su historia y de sus tradiciones. No pudo ser de otro modo, porque para una colectividad que interactuó por años con una imagen que lo vinculaba fuertemente con el proceso socialista en la URSS y que construyó su identidad política proclamando ser estalinista, tales cuestionamientos no eran fáciles de aceptar. Con esos límites, la dirección del PCCh buscó disociar el comunismo de las acusaciones de totalitarismo que, por entonces, parecían encontrar asidero en el XX Congreso. De este modo, disputó su representación como fuerza democrática.
En 1956, la dirección comunista impulsó un proceso de discusión interna para abordar el problema del culto a la personalidad. Rápidamente, este autoexamen dejó entrever los principales dilemas que provocó en este partido. Estas tensiones expresan, a mi parecer, cuán interiorizadas estaban ciertas formas –estalinistas– de entender la identidad comunista y la democracia partidaria tras una prolongada clandestinidad. Los límites de la desestalinización en la cultura política del PCCh quedaron, de este modo, instalados desde un inicio.
El XX Congreso del PCUS: desde el desconcierto a la controversia
En palabras del historiador David Priestland, quienes presenciaron el Discurso Secreto de Jrushchov, “acostumbrados a escuchar discursos pesados y cargados de clichés ideológicos, no podían creer lo que oían” 14 . Esta sensación de desconcierto e incredulidad inicial, junto con reflejar la gravedad de las acusaciones, expresaba el prestigio alcanzado por Stalin y su régimen en los partidos comunistas del mundo.
Con la Segunda Guerra Mundial, y tras años de promover el culto internacional a su figura, Stalin logró consolidar su posición en el panteón de próceres del comunismo. Era considerado un hombre fuerte, astuto, austero y que trabajaba incansablemente. Su vida, tal como se conocía desde los 30, era una consecución de circunstancias que terminaron por forjarlo como un revolucionario ejemplar y un jefe militar excepcional. Por lo mismo, Stalin aparecía, frente a los ojos comunistas, como el líder natural que continuaría el proceso socialista en la URSS tras la muerte de Lenin 15 . Este discurso terminó configurando, según el historiador Kevin Morgan, un culto a su persona que lo asoció con el desarrollo del Estado soviético 16 .
Para los partidos comunistas, la URSS bajo la conducción de Stalin estaba concretando un proyecto de modernidad y de sociedad que prometía abolir el capitalismo en todos los planos 17 . Así, durante décadas estas colectividades siguieron con atención la implementación de los Planes Quinquenales y, en diversas ocasiones, delegaciones emprendieron rumbo a esas tierras. En Chile, los medios partidarios del PCCh constantemente dieron cuenta de sus logros bajo el entendido que, pese a ser reconocibles los límites de tal proyecto, se avanzaba inexorablemente en tal camino. Hacia 1945, se consideraba que el proceso socialista en la URSS había demostrado finalmente su superioridad al derrotar al nazismo en la guerra. Así, años después, cuando el XX Congreso del PCUS anunció la realización del sexto Plan Quinquenal, resultaba razonable para la época leer en El Siglo que “la URSS ha dado pruebas de que sabe cumplir lo que se propone. […] Por eso nadie duda ni los sectores más reaccionarios, que miran con espanto el creciente poderío soviético de que el nuevo Plan coronará nuevos triunfos” 18 .
Más que estar enceguecidos o embrujados por lo que ahora sería un mito 19 , las y los comunistas creyeron lo que, por entonces, consideraban lógicamente verosímil y aceptable. Durante años, la gran mayoría fue conociendo al dictador soviético solo a través de lo que se decía de él. En el PCCh, efectivamente, la circulación de una gran diversidad de registros sobre Stalin permitió que su nombre se volviera familiar, incluso para un público militante sin lectoescritura 20 . De este modo, cualquier descalificación a su imagen caía en lo irrisorio, sobre todo si la crítica venía por fuera de las filas comunistas. Por ejemplo, Luis Corvalán Lepe, quien fue uno de los principales dirigentes del PCCh (y desde 1958, su secretario general), recordaba en sus memorias que
cual más cual menos de nosotros [refiriéndose a Stalin] habíamos leído sus obras y lo mirábamos y admirábamos como representante del pueblo que había aplastado al fascismo. No teníamos idea de sus crasos errores o los tomábamos como una invención del enemigo 21 .
Por esta razón, las acusaciones de Jrushchov provocaron tanto desconcierto, incluso incredulidad. Posiblemente, si la crítica no hubiese venido del propio PCUS, la solitaria voz de su secretario general habría sido desacreditada. Contó Corvalán en sus memorias que, para un obrero comunista, todo era una calumnia 22 . Es más, en un intento por explicar lo sucedido, se atrevió a sugerir que Jrushchov era “un trotskista emboscado”. Aun cuando desconocemos si efectivamente este hecho ocurrió, su sola mención no solo demuestra que la incredulidad era una reacción posible dada las circunstancias. Para una colectividad que por varios años interactuó con una imagen idealizada de Stalin y muy asociada al proceso socialista en curso, el Discurso Secreto difícilmente podía desacreditar del todo al dictador soviético. Como veremos a continuación, el tratamiento que el PCCh le dio a este tema también tuvo que lidiar con la hostilidad, por entonces desatada, del anticomunismo de derecha.
Durante la segunda quincena de febrero de 1956, El Siglo dedicó gran parte de su sección internacional a cubrir las principales novedades del XX Congreso con información proveniente de agencias cablegráficas. Previo a la inauguración, anunció que el PCUS realizaría un balance de lo realizado desde el último congreso (1952), trazaría las tareas pendientes y, finalmente, aprobaría el sexto Plan Quinquenal 23 . En lo inmediato, este periódico publicó una serie de resúmenes largos del informe que marcaría la pauta de discusión en los próximos días, el informe de Jrushchov. Primero, se abordó la necesidad de replantear la política exterior soviética en función de la coexistencia pacífica entre el socialismo y el capitalismo 24 , es decir, todo un giro en la caracterización del conflicto político-ideológico mundial que concebía la inevitabilidad de la guerra. Luego, el impulso que el nuevo Plan Quinquenal le daría a la economía soviética y, con ello, a la construcción de la primera sociedad comunista 25 . Por último, el reconocimiento de las diversas formas de llegar al socialismo según la situación de cada país, lo que incluía la vía institucional 26 .
Con el paso de los días, se leía en El Siglo cómo las autoridades soviéticas y las delegaciones extranjeras celebraron los avances y el nuevo rumbo 27 . Entre tanta aclamación, el saludo del PCCh, leído por Corvalán en la sesión del 22 de febrero, reafirmó el júbilo de la ocasión destacando los logros tanto de la URSS y los demás países socialistas como los del pueblo chileno 28 . Finalmente, en la edición del 26 de febrero fueron publicadas las resoluciones del XX Congreso 29 . En este extenso documento fueron incluidos los puntos referidos al restablecimiento de las normas leninistas de la organización partidaria, a propósito de la crítica al culto a la personalidad 30 .
Mientras tanto, el anticomunismo de la derecha encontró en el XX Congreso una nueva oportunidad para actualizar sus acusaciones. A casi una semana de la sesión inaugural, en El Mercurio se denunciaba que el principal objetivo de dicho encuentro (la aprobación del sexto Plan Quinquenal) demostraba el verdadero propósito del Kremlin, la dominación mundial 31 . Aun cuando este periódico sorprendió a sus lectores al informar –en las semanas sucesivas– de los nuevos rumbos que estaba tomando la política exterior soviética 32 , no abandonó esta idea. Al igual que en El Diario Ilustrado, se leía que el informe de Jrushchov ratificaba el afán imperialista de la política exterior soviética: la guerra contra el capitalismo no iba a ser por la fuerza, sino mediante la penetración económica, la propaganda ideológica y la subversión –vía los partidos comunistas– 33 .
Para este sector, el objetivo seguía siendo el mismo y, consiguientemente, el comunismo local seguía siendo una amenaza por neutralizar 34 .
Ambos periódicos destacaron lo que en esta época era toda una novedad: las críticas que la dirección soviética formuló contra la política estalinista y el mismísimo Stalin durante las sesiones del XX Congreso. El viceprimer ministro de la URSS, Mikoyan, anunció El Mercurio, “desautorizó categóricamente el dogma staliniano sobre el inevitable colapso económico del capitalismo” 35 . Por su parte, El Diario Ilustrado con un gran titular vociferó que los “rojos condenan ahora dictadura personal de tipo staliniana”. Por lo mismo, caracterizó como antiestalinista el discurso de Bulganin, presidente del Consejo de Ministros, al condenar el “culto del individuo” practicado por Stalin en desmedro del principio de la dirección colectiva 36 . Con todo, el XX Congreso aparecía como una maniobra que solo reafirmaría el poder de la nueva dirección soviética y, sobre todo, reforzaría la posición de Jrushchov.
Frente a este tipo de declaraciones, en El Siglo se denunció que, a los pocos días de iniciado el Congreso, se estaba desplegando una campaña de desinformación 37 . Durante semanas, este periódico advirtió a sus lectores que las agencias norteamericanas de noticias, Associated Press y United Press, además de la británica Reuters, evitaban presentar de forma objetiva las novedades del Congreso, sobre todo el informe de Jrushchov. Estas eran, recalcaron, las principales fuentes de periódicos como El Mercurio y El Diario Ilustrado. Por su parte, este tipo de acciones, reparaban sus redactores, no eran sorprendentes de periodistas que deliberadamente tergiversaban la información o reproducían el discurso de estas agencias 38 .
Apenas dos días después del cierre del XX Congreso, se constituyó el Frente de Acción Popular (FRAP) a partir de la alianza entre los partidos Comunista, Socialista, Socialista Popular, Democrático del Pueblo, Democrático de Chile y del Trabajo, en torno a la democratización y la modernización de la economía en clave nacional 39 . Esta coalición fue fruto de las negociaciones que principalmente llevaron a la incorporación del Partido Socialista Popular (PSP) al Frente Nacional del Pueblo (FRENAP) y la consiguiente exclusión del Partido Radical 40 . Por entonces, se reconocía públicamente que el XX Congreso había contribuido a concretar dicho encuentro. Raúl Ampuero Díaz, secretario general del PSP, en ese sentido, planteó que había abierto importantes perspectivas para la consolidación de la unidad entre socialistas y comunistas 41 . Al poco tiempo, Corvalán denunció que se estaba desplegando una campaña antisoviética que, tergiversando las resoluciones e informes del XX Congreso, buscaba desacreditar al FRAP acusándolo de ser “un fenómeno de corte ruso” 42 . Con todo, el PCCh así le dio sentido a lo que iba a ser toda una disputa ideológica.
Durante la segunda quincena de febrero y las semanas siguientes, tanto El Siglo como Principios publicaron traducciones de los informes soviéticos y de los artículos del periódico oficial del PCUS, Pravda, además de breves resúmenes explicativos, muchas veces bajo el epígrafe “Lo que efectivamente se dijo en el XX Congreso del PC de la URSS” 43 . Este tipo de intervenciones, como es posible apreciar, cumplieron una doble función: informar a las y los lectores y, sobre todo, replicar las acusaciones de lo que, por entonces, se consideraba calumnia. Por ejemplo, Vicente Reyes, uno de los redactores de El Siglo, puntualizó que, a propósito de las denuncias de la prensa antisoviética que mostraban a Jrushchov como el nuevo “amo de Rusia”, su informe no buscaba reafirmar una nueva dictadura unipersonal sino la dirección colectiva 44 .
En este contexto, el llamado a la restauración de las normas leninistas en los partidos comunistas trajo consigo una dura controversia para el PCCh. Luego de dar a conocer las resoluciones finales del XX Congreso, El Siglo rápidamente destacó la labor del PCUS para fortalecer su democracia interna, aun cuando implicara admitir que cayó en el problema del culto a la personalidad y eso lo perjudicó severamente 45 . Una vez que se apreció lo que iba a ser la “verdadera” magnitud de la falta, la caja de Pandora quedó abierta: Stalin, quien era el gran líder de la URSS y gozaba del prestigio de haber derrotado al nazismo, aparecía como el principal responsable de toda una obra criminalv. Llevado 46 or la autocomplacencia y la ambición, Stalin tomó el control de la dirección soviética, lo que fue facilitado por el desarrollo del culto hacia su persona. Tal como precisaría el propio PCUS, Stalin impuso una tesis sobre la transición al socialismo en la URSS que, al prefigurar la agudización de la lucha de clases, terminó amparando “las más burdas violaciones a la legalidad socialista y las represiones en masa” 47 .
Sin duda, para el PCCh este fue un duro golpe y no solo porque quedaba en entredicho lo que sus militantes conocieron de Stalin durante casi tres décadas. Después de las revelaciones de Jrushchov, era difícil explicar cómo en aquellas tierras, donde supuestamente el socialismo estaba forjando una sociedad libre y feliz, podían darse ese tipo de crímenes. Por consiguiente, también era difícil explicar cómo el PCCh, al igual que los demás partidos comunistas, no había logrado advertir esta situación pese a que tales denuncias eran conocidas. ¿Acaso tenían razón aquellos sectores que veían la URSS como una cruenta dictadura que infundía terror y barbarie?
Detrás de tales cuestionamientos, lo que estaba en juego era la representación del comunismo y, con ello, el lugar del PCCh en el escenario político nacional. De este modo, la revelación de los hechos dio asidero a los sectores que denunciaron el comunismo como una forma de totalitarismo y, por consiguiente, al PCCh como una amenaza para la democracia. Tales acusaciones significaron una seria interpelación para este partido, sobre todo, porque construyó su identidad política desde la asociación del sovietismo con el estalinismo. Consiguientemente, aquello también ponía en entredicho la agenda democratizadora del FRAP.
Con todo, dado que la condena o el apoyo total al dictador no eran posibles, ¿cómo el PCCh podía referirse a Stalin sin comprometer el proceso soviético? Dentro de estos márgenes de maniobra, no solo fue dejando de lado la excesiva complacencia hacia Stalin. Con el paso del tiempo, también se replanteó su actitud frente a la discusión pública sobre el mundo socialista.
A un mes del cierre del XX Congreso, Corvalán, con la autoridad que le confirió el haber sido delegado, planteó que el culto a la personalidad no demostraba que era cierto todo lo que, hasta entonces, se había dicho de Stalin y de la URSS. A su parecer, tal como lo había planteado el propio PCUS, el problema se limitaba a una cuestión tanto de orden orgánico (la necesidad de restaurar la dirección colectiva) como teórico (la refutación de la inevitabilidad de la guerra). Así, afirmó que “un asunto completamente aparte es la actuación de los órganos de seguridad soviéticos” 48 , en la medida que Beria, el encargado de la NKVD actuó por su cuenta y estando al servicio del imperialismo. Por tanto, aun cuando el culto a la personalidad era una falta grave, Corvalán concluía que nada más se podía reprochar a Stalin: “fue y es una gran figura del comunismo y del Estado soviético. Hizo grandes cosas y cometió errores. Eso es todo”.
Ciertamente, esta declaración buscaba cerrar filas y, sobre todo, neutralizar cualquier cuestionamiento a la participación comunista en el FRAP. Por entonces, en El Siglo se denunciaba el despliegue de toda una campaña de infundios e injurias contra Stalin. Al igual que en otras ocasiones, acusó a los periódicos nacionales como El Mercurio, El Diario Ilustrado o La Nación de reproducir las mentiras de las agencias cablegráficas norteamericanas, con el fin de desacreditar al FRAP 49 . En ese sentido, el PCCh se preocupó de desmentir lo que, desde su perspectiva, era un disparate:
Los cuentos sobre Georgia [refiriéndose a las protestas] son tan falsos como otros cables anteriores de las agencias yanquis, entre ellos la fuga de Beria, el fusilamiento de Malenkov, la destitución de Molotov, la reivindicación de Trotski y mil macanas más elucubradas con fines de propaganda antisoviética 50 .
En estas circunstancias, en El Siglo se ofreció una versión que buscaba ser la definitiva sobre Stalin y el problema al culto de la personalidad 51 . Se explicó a las y los lectores que Stalin no solo liquidó la dirección colectiva de su partido, también instaló el dogmatismo en sus filas al considerar su palabra y su persona como infalibles. Tal como lo había hecho su par soviético, el PCCh reconocía que aquello provocó daño al interior de este partido y, peor aún, impidió ejercer un mayor control sobre los organismos del Estado. Sin embargo, matizó argumentando que el culto a la personalidad fue una degeneración que respondió, en su momento, a la necesidad de fortalecer la organización –vía mayor disciplina–.
Pese a todo, para el PCCh era innegable que los grandes méritos de Stalin seguían intactos: conducir la construcción del socialismo en la URSS, aniquilar aquellos sectores trotskistas y bujarinistas que supuestamente iban a corromper dicho proceso, y derrotar el fascismo. En ese sentido, el dictador soviético había logrado un merecido prestigio que le habría dado asidero a su culto. Así, el PCCh fue receptivo de las señales que, transmitidas desde la propia URSS, invitaban a relativizar la condena a Stalin 52 .
Con todo, se concluía en el PCCh que el culto a la personalidad no ponía en entredicho el carácter socialista del régimen soviético. Desde esa perspectiva, se trataba de una manifestación de fortaleza en la medida que suponía enmendar los errores. Así, se confiaba que la URSS se aprestaría a cumplir su próxima meta con mayor empuje, el comunismo.
Estas declaraciones y el X Congreso partidario –que se realizó dos semanas después– buscaron dar por cerrada la controversia. Sin embargo, tal como el propio Comité Político daría a entender a mediados de julio, en las filas comunistas todavía persistían múltiples dudas y reticencias. Argumentando que se habrían conocido nuevos antecedentes, se resolvió iniciar un proceso de discusión interna 53 . Durante dos meses, las y los comunistas aprovecharon de plantear sus inquietudes y, sobre todo, debatir en torno a la cuestión del culto a la personalidad y el impacto que tuvo en su partido. El documento de síntesis, el cual fue aprobado en una sesión plenaria del Comité Central, se dio a conocer finalmente en septiembre de 1956.
Ratificando la visión que se tenía por entonces de Stalin, en el PCCh se admitió públicamente que “participábamos del culto a su persona” 54 . Para su militancia, la inquietud por el origen de una admiración que no tuvo reservas reflejó la envergadura del drama que significó la revelación. Si no fue posible concebir que aquellos hechos podían ocurrir en la URSS, ¿había algo más que pasó o estaba pasando inadvertidamente? Y con ello, una pregunta que posiblemente se llegó a plantear: ¿hasta qué punto eran reales las acusaciones antisoviéticas?
Ante tales cuestionamientos, el desconocimiento de los hechos no fue una justificación suficiente para calmar los ánimos y dar por cerrado el debate. Por lo mismo, el Comité Central aclaró que la actitud de “mirar sólo lo positivo [de la URSS] y a exagerar este aspecto” se debía a los términos que tomaba la discusión cotidiana sobre el mundo socialista 55 . Frente a quienes solo conocían lo transmitido por la propaganda antisoviética, era difícil no caer en una defensa enérgica. Así, el error de “embellecer la realidad soviética” o, como diría Corvalán después, “pintarla siempre de color rosado” era circunstancial y, por lo mismo, posible de reparar. Al respecto, el Comité Central precisó que “lo importante es tener claro que los aspectos negativos no son lo esencial en el campo socialista y que las fallas y equivocaciones pueden ser corregidas” 56 . Por tanto, no debía causar incomodidad discutirlas, ni debía causar reticencia admitir cuando no se tenía más información para opinar. De este modo, el PCCh se abrió a la posibilidad de matizar abiertamente la mirada que tenía de Stalin y de la URSS, sin modificar las premisas lógicas que permitían distinguir aquello que era verosímil y aceptable de lo falso y absurdo. Si hace 20 años este tipo de crítica era admitida, el XX Congreso marcó un punto de inflexión en cuanto a su publicidad.
Bajo este sentido de apertura, y al calor de las tensiones que trajo consigo la intervención soviética en Hungría, cambió notablemente el tono para referirse a Stalin y, en general, al mundo socialista. A mediados de noviembre, Corvalán reconoció que para su partido fue un duro golpe “el descubrimiento –porque descubrimiento fue en el hecho– de que Stalin, al lado de sus grandezas, tenía muchos aspectos miserables”. “Es cierto que los llamados crímenes de Stalin fueron denunciados antes. Pero nunca los creímos”. Y peor aún fue “el conocimiento de que no sólo en la Unión Soviética en tiempos de Stalin, también en algunas democracias populares, se ha perseguido, llevado a la cárcel y hasta al patíbulo a gente inocente, incluidos destacados y honrados comunistas”. Pese a todo, quien sería el próximo secretario general llamó a la calma: finalmente, “todos los errores cometidos son extraños al socialismo” 57 .
Los inicios de la desestalinización en el PCCh
Los vientos de cambio que oficializó el XX Congreso encontraron al PCCh en la ilegalidad y en la clandestinidad. Percibido como la principal amenaza al staus quo y dada su creciente integración al sistema político-institucional desde la década de 1930, la derecha buscó la exclusión política de este partido58. Durante años, impulsó una sistemática ofensiva represiva que incluyó la relegación, la censura y el apresamiento de sus dirigentes. Pese a ello, la institucionalización del PCCh igualmente se produjo una vez que el Frente Popular –una coalición de centroizquierda que integró junto al Partido Radical y el Partido Socialista– llegó al poder en 1938: electoralmente aumentó su importancia, pasó a tener una mayor presencia en el Congreso y en las administraciones locales, incluso, llegó a tener una posición central en el gobierno nacional 59 .Frente a tal crecimiento, la derecha retomó el discurso que caracterizaba el comunismo como un sector antidemocrático y, con ese argumento, persiguieron su exclusión legal.
En este contexto, la promulgación de la Ley de Defensa Permanente de la Democracia en 1948 respondió, tal como lo ha planteado la historiadora Verónica Valdivia, a un rechazo global 60 . Así, la exclusión abarcó distintas dimensiones de la vida política: la llamada “Ley Maldita” proscribió al PCCh y eliminó de los registros electorales a sus militantes, afectando también a quienes se desempeñaban en cargos públicos. Bajo esta ley, una antigua cárcel de una localidad al norte de Chile, Pisagua, funcionó como campo de concentración. Entre octubre de 1947 y fines de 1949, se encarceló a dos mil prisioneras y prisioneros políticos comunistas 61 .
Hacia mediados de los 50, aun cuando las condiciones habían cambiado dado el cierre de Pisagua, el gobierno del general Carlos Ibáñez del Campo prosiguió la lucha contra el llamado “peligro comunista” 62 . Bajo su administración se aplicaron medidas represivas que también afectaron a organizaciones sociales y políticas de izquierda. De este modo, el establecimiento del estado de sitio y luego la reapertura de Pisagua –a inicios de enero de 1956– encendieron las alarmas, removiendo los peores recuerdos y temores de la etapa más brutal de la represión 63 . Corvalán, quien fue detenido el 6 de enero y también relegado a dicho campo, tomó contacto telefónico con El Siglo. Advirtió que se estaban preparando las instalaciones para recibir a cientos de prisioneros 64 . Durante ese mes, aun cuando algunos relegados a Pisagua fueron liberados a los pocos días, continuaron las detenciones sobre todo de dirigentes sindicales y comunistas 65 .
El XX Congreso del PCUS, finalmente, coincidió con la lucha por la derogación del estado de sitio y por el cierre de Pisagua, lo que se logró a fines de febrero. Mientras tanto, las fuerzas reunidas en el FRENAP avanzaron en las negociaciones que llevaría a la formación del FRAP y colocarían la defensa de la democracia como su principal bandera. Así, el PCCh reafirmó la política que hasta entonces impulsaba, si bien con algunas modificaciones. En su X Congreso, en efecto, ratificó la revolución democrático-burguesa como horizonte programático y el llamado “Frente de Liberación Nacional” como una fórmula táctica que reuniría en una amplia alianza que incluiría a partidos burgueses, pero ahora con la supuesta hegemonía de la clase obrera. La democratización, por su parte, siguió siendo una de sus principales reivindicaciones. De este modo, el XX Congreso contribuyó a la consolidación del carácter reformista de la política del PCCh, dada la aprobación de la vía institucional (o pacífica) para alcanzar el socialismo.
En estas circunstancias, la crítica al culto a la personalidad llegó en medio de la discusión en torno al Frente de Liberación Nacional y el programa que, a partir de su X Congreso, impulsaría el PCCh. El secretario general, Galo González Díaz, en su informe ante dicha instancia, planteó que el principal problema de la organización, el sectarismo, era consecuencia de la distorsión que el culto a la personalidad provocaba en el trabajo partidario 66 .
Pese a los esfuerzos del Comité Central por consolidar los vínculos con otras fuerzas políticas, en las filas persistían las reticencias a la amplitud táctica y programática que suponía la nueva línea. En medio de las tensiones que trajeron consigo las revelaciones de Jrushchov, la dirección partidaria encontró en el culto a la personalidad un instrumento que contribuyó a legitimar el giro que estaba tomando la política comunista.
A través de la sección “Preguntas y respuestas” de Principios, el Comité Central se encargó de asociar el lastre estalinista con el “apego a las viejas fórmulas, a planteamientos que eran justos antes, pero que ya no lo son hoy”, bajo el entendido que los errores teóricos de Stalin habrían impedido un análisis más realista de la política chilena. En ese sentido, el informe de síntesis, que recogía la discusión interna sobre el impacto del culto a la personalidad en las filas, ratificó este diagnóstico: la aceptación mecánica de las tesis de Stalin había promovido “una tendencia al dogmatismo y al reemplazo del análisis marxista de las condiciones concretas por la adhesión idealista y pasiva a enunciados generales” 67 . De este modo, el culto a la personalidad resultaba ser el origen de todos los males: según el Comité Central, habría entorpecido “la amplitud de nuestra actividad”, sobre todo en cuanto al papel de la burguesía y la unidad socialista-comunista 68 . Así, tal problema era la causa de los fracasos o, en el mejor de los casos, de los relativos éxitos del PCCh.
Por otro lado, el Comité Central también insistió en que la nueva línea era “más concreta, clara y realista”. De este modo, discutía con aquellos sectores que se mostraban reacios de una nueva apertura por la derecha. En ese sentido, José Monte argumentó que los cambios a nivel de reivindicaciones que fueron aprobados en el X Congreso se ajustaban mejor a la realidad chilena, lo que demostraba, a su parecer, el espíritu creativo del marxismo-leninismo 69 .
Con todo, la crítica al culto a la personalidad se hizo parte del debate que significó, para el PCCh, la ampliación del FRENAP y la consiguiente reformulación de la política comunista. En efecto, dicha noción traía consigo un llamado a la apertura y a la flexibilización del marxismo que era reconocido por las y los contemporáneos, y que a su vez era reafirmado por las tesis del XX Congreso. De este modo, la dirección del PCCh pudo justificar ciertas modificaciones en su programa y estrategia que, a propósito de su supuesto carácter realista, podían provocar reparos en la base militante: una reforma agraria sin transgredir el derecho de propiedad, un régimen parlamentario “de nuevo tipo”, una ampliación de los derechos políticos que incluía a las Fuerzas Armadas, y la definición por la vía institucional.
Más que indicar un derrotero a seguir, la crítica al culto a la personalidad abrió un abanico muchas veces dilemático de posibilidades que, en distintos contextos, le dieron forma a la desestalinización. Así, en este primer momento no solo justificó tanto las inflexiones como las continuidades de la política partidaria. Como veremos a continuación, en la medida que la crítica al culto a la personalidad suponía superar tal lastre en los partidos comunistas, también llevó al PCCh a reexaminar ciertos aspectos que, por entonces, se consideraban propios del comunismo.
Más democracia partidaria, ¿pero sin disidencias?
En su informe ante el X Congreso, González Díaz instó a corregir el trabajo partidario que estaba siendo trastocado por el problema del culto a la personalidad. Al respecto, señaló que en varios organismos de su partido –incluyendo el Comité Central– usualmente se esperaba, en nombre de la disciplina, “la orden”, “la instrucción” o “la última palabra” de las y los principales dirigentes. Por otro lado, acusó que algunos caían en la obstinación, incluso se mostraban agresivos frente a posturas u opiniones divergentes. En otros casos, reconocía el secretario general, se produjeron situaciones francamente injustas y arbitrarias: se aplicaron medidas disciplinarias, incluida la expulsión, sin considerar alegato alguno 70 . Estas actitudes, a su parecer, eran seriamente dañinas al desincentivar la iniciativa y la discusión interna, además de dar espacio a la emergencia de caudillos. De este modo, concluía que se veían perjudicadas tanto la democracia interna como la unidad de la organización.
Con estas palabras, ciertamente se ponía en entredicho una estructura de partido que era propia de las organizaciones afiliadas a la antigua Internacional Comunista. Bajo el entendido que no había comunismo por fuera de sus filas, la uniformidad orgánica e ideológica en torno al sello estalinista fue considerada como una marca constitutiva de esa cultura política. Así, la Internacional promovió la bolchevización y la estalinización de sus llamadas secciones nacionales durante las décadas de 1920 y 1930. Pese a su disolución en 1943, la impronta estalinista finalmente logró consagrarse como una marca que distinguió a esos partidos de otras identidades políticas marxistas. Desde esta perspectiva, las críticas de quien hace veinte años atrás había sido el principal promotor de la estalinización en el PCCh –primero como secretario de Organización y luego como presidente de la Comisión de Control y Cuadros– se enmarcaban en ciertos límites que permitían preservar la identidad comunista.
Para el PCCh, al igual que sus pares en otros países, la democracia dentro de la organización estaba sujeta a los términos que primeramente fue configurando la bolchevización. La adopción del modelo leninista implicó instalar –a partir de 1925– en el PCCh el centralismo democrático; es decir, un ordenamiento de la discusión colectiva en torno a una cadena de jerarquías que culminaba en el Comité Central. De este modo, se estableció una interrelación entre la base y la dirección donde las decisiones finales terminaban siendo vinculantes para toda la militancia. Bajo el entendido que la disciplina expresaba cohesión y fuerza, este modelo, aun cuando daba espacio a la discusión, era hostil hacia las disidencias en la medida que eran motivo de sanción. Sin embargo, tal como lo he planteado en otros trabajos, lo que por entonces se consideraba una falta por “desviación” en la práctica eran aquellas disidencias que lograban organizarse como facciones o que, incluso, llegaban a ejercer un contrapoder 71 .
Durante la década de 1930, la estalinización del PCCh buscó hacer de este partido una organización monolítica, es decir, un partido sin aparentes desacuerdos ni divisiones internas, fuertemente disciplinado y unido por una misma ortodoxia 72 . De ahí que su estructura orgánica se fue centralizando y, con ello, el Comité Central fue ampliando sus atribuciones. Así, durante esta década, la cadena de jerarquías no solo se fue acentuando, también fue especializando sus funciones. De este modo, entre 1940 y 1942 este proceso culminó con la creación de los organismos encargados de formar y educar la militancia, la Comisión de Control y Cuadros y la Escuela Nacional de Cuadros. Mientras se castigaban las diferencias políticas e ideológicas (y con ello, a cualquier tipo de disidencia), la autocrítica se instaló como un mecanismo para rectificar ese tipo de posturas. Por su parte, las sanciones disciplinarias se fueron endureciendo y abarcando cada vez más la vida personal de las y los militantes. Con todo, la democracia interna del PCCh fue una democracia a puertas cerradas que establecía mecanismos de regulación del debate y de la actividad partidaria, dando un margen acotado de tolerancia para el disenso y la desobediencia.
En este contexto, el autoexamen prontamente llevó a reconocer que en el PCCh se desarrolló una “excesiva centralización” que entrabó “la iniciativa de sus diversos organismos” y que se cayó en “métodos burocráticos de dirección”, lo que perjudicó la democracia interna y acentuó los efectos del culto a la personalidad hacia ciertos dirigentes 73 . ¿Aquello significaba que la desestalinización iba a hacer del PCCh un partido más convencional?, ¿permitiría las disidencias, no seguiría exigiendo disciplina o haría pública la discusión interna? El llamado a “restaurar las normas leninistas”, como el principio de la dirección colectiva y el ejercicio de la crítica y autocrítica, no implicaba una restructuración orgánica del PCCh. Después de décadas, el modelo de partido que se había forjado al alero de su inserción en la Internacional seguía considerándose distintivo del comunismo. En ese sentido, de entrada, la desestalinización tuvo límites claros.
En el PCCh, la discusión sobre los efectos del culto a la personalidad concluyó en la necesidad de reforzar la democracia interna, resolución que rápidamente significó un dilema. ¿Cuánto este partido podía democratizarse sin comprometer la identidad comunista? Desde el Comité Central, la respuesta era tajante: en sus palabras, no podía caerse en un “ultrademocratismo” que “anarquizara” la actividad de la organización. En ese sentido, González Díaz se preocupó de aclarar que las fallas radicaban tanto en la clandestinidad y la represión como en los efectos del culto a la personalidad 74 . Mientras el PCCh se encontraba proscrito y fuertemente reprimido, el aumento de la centralización y de las prerrogativas de las direcciones resultaba necesario para sobrevivir. Sin embargo, reconocía el secretario general que se había caído en excesos, sobre todo en la llamada “vigilancia revolucionaria”. Al respecto, justificó que aquello fue necesario en circunstancias que también la dirección estaba enfrentando una nueva disidencia, el grupo que encabezó el secretario de Organización, Luis Reinoso Álvarez. Dado el cargo que ocupaba su principal líder y el culto que se le rendía a su personalidad, se acusó al reinosismo de haber desarrollado una labor faccional que, en palabras de González, “obligaron a la Dirección del Partido a extremar las precauciones, a intensificar la centralización de las actividades para impedir y reparar la obra divisionista que trató de impulsar Reinoso” 75 .Así, el secretario general no solo descartó de plano que el modelo de partido era el origen del problema, también asoció la disidencia con el culto a la personalidad.
Siguiendo estos argumentos, el Comité Central defendió el centralismo de la organización, acusando de “pequeñoburgueses” y “liberales” a quienes abogaban por fortalecer las células disminuyendo las prerrogativas de las direcciones. 76 . Dichos sectores planteaban que las resoluciones debían pasar por las células antes de ser zanjadas por arriba, incluyendo materias que eran de dominio exclusivo del Comité Central (como la designación de candidaturas). Para el secretario general, este tipo planteos iba a perjudicar la efectividad de la acción partidaria. Para responder a la contingencia, contraargumentaba, era necesario tener una dirección centralizada que tomara decisiones rápidas, oportunas y, por tanto, sin consultarlas previamente con los organismos de base. Según esta postura, el centralismo no debía abandonarse, sino reformarse a partir del principio de la dirección colectiva.
Desde el Comité Central, también se planteó que la crítica y la autocrítica contribuirían a desarticular los efectos del culto a la personalidad en las filas. A través de la sección “Preguntas y respuestas” de Principios, se presentó lo que, en adelante, regiría la discusión interna: el ejercicio de reconocer los éxitos y fracasos de la actividad partidaria, además de los errores cometidos, para definir responsabilidades 77 . Según el Comité Central, la crítica y la autocrítica iban a desbaratar la infalibilidad de algunos dirigentes y a prevenir las evaluaciones autocomplacientes. En efecto, recalcaba que se evitaría “que continúen germinando en nosotros sentimientos de vanidad personal y susceptibilidades impropias de un comunista y que nos hacen callar una crítica justa y necesaria […] o bien, nos mueven a rechazar una crítica merecida a nuestra persona” 78 .
Por supuesto, las exigencias de remoción no se hicieron esperar. Rápidamente aquellas fueron desacreditadas por el Comité Central como posturas “antileninistas”, incluso, manifestaciones de culto a la personalidad. “No se pueden resolver los problemas del Partido”, aclaró González, “por medio de la remoción del conjunto de los cuadros más responsables”. En el peor de los casos, reconoció que se debía “estudiar la remoción de aquellos dirigentes reacios a toda crítica y que persisten en sus defectos” 79 . De este modo, no solo se dejaba en claro que no habría un nuevo proceso de purgas, también que una posible flexibilización en la aplicación de sanciones no traería consigo mayor espacio para el disenso y la desobediencia.
¿Una identidad comunista con o sin Stalin?
En el comunismo de la época, declararse estalinista no solo se trató de un posicionamiento ideológico y político. Durante los 30 y 40, que una persona se reivindicara como tal significaba que, al simpatizar con el régimen estalinista en la URSS, se identificaba con una cierta corriente del comunismo. De este modo, se expresaba tanto la adscripción hacia el marxismo-leninismo como la participación en un internacionalismo vinculado a la URSS y a la Internacional Comunista. En los partidos comunistas, sin embargo, ser estalinista también era toda una definición identitaria.
Ser parte de un movimiento revolucionario internacional fue más que una formalidad para los partidos comunistas. En efecto, la internacionalización no solo implicó compartir un nombre, una ideología y una estructura orgánica. Tal como lo ha planteado el historiador Silvio Pons, fue construyendo una comunidad imaginada con cosmovisiones, lenguajes y prácticas comunes 80 . En ese sentido, un partido que reivindicaba el comunismo requería hacer propio un arquetipo militante que lo identificara como tal y, con ello, hacía suya una cierta representación del comunismo. Así, tanto la bolchevización como la estalinización significaron una interpelación a las culturas políticas de los partidos adscritos a la Internacional, lo que se expresó en sus diversas modulaciones.
En este marco, la estalinización del PCCh, en nombre del monolitismo, también promovió una forma arquetípica de ser comunista 81 . Así, para un partido que consideraba la unidad (orgánica e ideológica) como una fortaleza, la disciplina, la austeridad, la seriedad y la dedicación al estudio eran valores considerados propios de un militante ejemplar, y por lo mismo se exigía su práctica. En el PCCh, la Comisión de Control y Cuadros no solo estuvo encargada de perseguir las disidencias, también de velar por el comportamiento de las y los militantes. Galo González, quien presidió este organismo por varios años, justificó de esta forma su creación en octubre 1940: un partido revolucionario debía dar ejemplo de aquella sociedad que buscaba construir. Así, Control y Cuadros tuvo la facultad de examinar la vida tanto privada como pública de la militancia, sancionando aquello que consideraba una falta a la “moral revolucionaria”. En 1942, esta comisión dirigió un proceso de purgas que, sin estar exento de tensiones, consolidó la normatividad de dicho ideal.
Como lo he planteado en otros trabajos, tal arquetipo estuvo inspirado en una construcción ideológica que vinculó el bolchevismo con el devenir del proceso socialista en la URSS. Al ser el primer país socialista, los ideales militantes y el modelo de partido leninista (y luego, su reinterpretación estalinista) fueron considerados como las grandes fórmulas para hacer exitosa cualquier revolución. En ese sentido, la vida y obra de los principales líderes bolcheviques aparecían como un ejemplo a seguir para cualquier comunista, lo que permitió a la Internacional y a sus partidos promover determinadas pautas de valores y conductas. De este modo, Stalin terminó personificando un arquetipo que fue, a través de la estalinización, especialmente impulsado a través del culto a su personalidad.
Como lo he planteado en otros trabajos, tal arquetipo estuvo inspirado en una construcción ideológica que vinculó el bolchevismo con el devenir del proceso socialista en la URSS. Al ser el primer país socialista, los ideales militantes y el modelo de partido leninista (y luego, su reinterpretación estalinista) fueron considerados como las grandes fórmulas para hacer exitosa cualquier revolución. En ese sentido, la vida y obra de los principales líderes bolcheviques aparecían como un ejemplo a seguir para cualquier comunista, lo que permitió a la Internacional y a sus partidos promover determinadas pautas de valores y conductas. De este modo, Stalin terminó personificando un arquetipo que fue, a través de la estalinización, especialmente impulsado a través del culto a su personalidad.
Con todo, declararse estalinista también era compartir una impronta que, teniendo como principal referencia la figura de Stalin, era considerada característica de un militante ejemplar. Así, por ejemplo, se aclaraba su significado en una nota publicada en El Siglo a fines de 1940:
Quiere decir dedicar nuestra vida a la grande y noble causa de los oprimidos, valiendo sacrificar muchas veces nuestras satisfacciones personales a las necesidades de la dura lucha en que estamos empeñados. Quiere decir ser valerosos ante los peligros, serenos y firmes ante las dificultades, no perder la cabeza ni ante los éxitos por grandes que sean. Quiere decir esforzarse por estudiar y asimilar la ciencia del marxismo-leninismo que nos permite saber adónde vamos y qué debemos hacer 82 .
Convicción, abnegación, austeridad, temple, cautela y estudio. Ciertamente, eran valores que cargaban la identidad comunista de múltiples imperativos y que, como vimos, habían alcanzado un rango normativo en el PCCh. Esta impronta y el aparato institucional que le dio sustento seguían plenamente vigentes cuando sesionó el XX Congreso. Si todo aquello estaba fuertemente ligado a la figura del dictador soviético, ¿significaba que las revelaciones de Jrushchov abrirían la puerta a una mayor flexibilidad? Y con ello, el siguiente dilema: ¿cuánto podían replantearse los ideales militantes sin desdibujar la identidad comunista?
Una vez concluida formalmente la discusión interna, el Comité Central aclaró que no aceptaría relajamiento alguno, si bien tampoco buscaría caer en la inquisición 83 . Así, llamó a rectificar conductas. Principalmente, las inasistencias a las reuniones, la impuntualidad, el incumplimiento de las tareas y la excesiva pasividad, muchas de las cuales eran atribuidas al problema del culto a la personalidad. Para ello, el Comité Central señaló que debía recurrirse a la crítica y la autocrítica, lo que descargaba la labor realizada por las comisiones de control y, sobre todo, por Control y Cuadros. De este modo, se daba una señal que iba a tono con el nuevo rumbo, aunque dentro de sus propios límites.
El Comité Central llamó a mantener el orden en las filas. A su parecer, la militancia debía estar a la altura de su condición de vanguardia revolucionaria. Consiguientemente, aquello significaba que
[…]el temple de la moral comunista no sólo se manifiesta en los grandes momentos cuando se exigen los máximos sacrificios, incluso el de la vida, sino que, también, en la lucha diaria que requiere un fuerte espíritu de abnegación y de disciplina partidaria 84 .
Tal ideal no era inalcanzable, argumentó la dirección a través de la sección “Preguntas y respuestas” de Principios frente a posibles reparos. Independientemente de los defectos, el pasado reciente de la organización demostraba, a su juicio, que la abnegación y la entereza de la militancia se mantenían firmes incluso en las peores circunstancias. En ese sentido, planteaba que los años más duros de la represión daban numerosos ejemplos de ello: pese a la relegación, la cárcel y el campo de concentración, la cesantía, la tortura y la muerte de camaradas, no se abandonaron las convicciones y la lucha se continuó. Este era, destacó el Comité Central, el trabajo silencioso de numerosos cuadros que se dedicaban disciplinadamente a las labores partidarias. Así, pese a las múltiples interpelaciones, concluía que había muchas razones para sentir orgullo de ser comunista 85 .
Con estas palabras, el Comité Central confirmó la continuidad de la normatividad de un arquetipo militante tributario de la estalinización. Aun cuando las circunstancias podían llevar a un replanteamiento más profundo, la identidad comunista, por entonces, no era posible concebirla sin la impronta que había forjado dicho proceso. En efecto, apenas dos años después del XX Congreso, la muerte de Galo González motivó la publicación de un libro póstumo dedicado a homenajear, a través de cinco artículos íntegros de su autoría, lo que era su principal obra: a propósito del título, la formación de un verdadero partido comunista 86 .
Pese a las revelaciones de Jrushchov, entre las páginas de La lucha por la formación del Partido Comunista de Chile, no solo se leía que el fortalecimiento del PCCh pasaba por solucionar el inveterado estalinista problema de los cuadros, también sus múltiples referencias a Stalin. Todos estos materiales, como indicó expresamente la Comisión de Propaganda en su prólogo, eran fundamentales objetos de estudio, imprescindibles para aplicar la línea política 87 . De este modo, no solo se reconocía la vigencia de la estalinización. La ratificación de la impronta que dicho proceso forjó, finalmente, nos muestra que la desestalinización requirió llegar a un punto de equilibrio que no siempre fue fácil de mantener.
Conclusiones
El XX Congreso del PCUS fue un acontecimiento global que adquirió gran trascendencia en el movimiento comunista. En el Cono Sur, la aprobación de la vía pacífica como una alternativa más para llegar al socialismo dio margen para que los partidos comunistas reafirmaran la estrategia frente-populista y, con ello, el viraje hacia una mayor apertura de su política de alianzas. Sin embargo, las lecturas y los usos que hicieron sobre el Discurso Secreto fueron diversas, tanto en lo que significaba el problema del culto a la personalidad y la figura de Stalin como en relación con la representación del comunismo.
En Argentina, el Partido Comunista se limitó a través de sus medios a reproducir la versión soviética de los hechos, clausurando toda posibilidad de debate y de conflictos internos 88 . El culto a la personalidad, de este modo, quedó reducido a Stalin. A propósito del acercamiento de este partido al peronismo para articular la resistencia a la “Revolución Libertadora”, posiblemente tal actitud fue un modo de sortear las acusaciones anticomunistas y antiperonistas que, agudizadas por la invasión soviética en Hungría, asociaban a estos sectores con el totalitarismo 89 . Por supuesto, tal andanada hacía de la proscripción una amenaza para el comunismo argentino.
En Uruguay, el Discurso Secreto encontró al Partido Comunista en pleno proceso de reconstrucción tras el desgajamiento que significó la expulsión de su primer secretario, Eugenio Gómez. El problema del culto a la personalidad, siendo planteado en el XIX Congreso del PCUS por primera vez, tempranamente se hizo parte de los debates políticos que derivaron en un golpe de timón: Gómez fue apartado de la organización en julio de 1955 acusado de cometer tales faltas 90 . Así, aun cuando las denuncias contra Stalin provocaron reacciones diversas y una discusión interna en torno a su figura, aquello no llevó a un proceso de autoexamen equivalente a lo que ocurrió en el PCCh. Finalmente, el culto a la personalidad había sido purgado varios meses antes.
A diferencia de Argentina y Uruguay, donde ambos partidos comunistas conservaron su legalidad, en Chile el Discurso Secreto colocó en el centro del debate la representación del comunismo. En circunstancias que la Ley Maldita estaba vigente, tales cargos parecían dar asidero a la identificación del PCCh con el totalitarismo y, con ello, a la proscripción de este partido. Consiguientemente, no solo estaba en juego el carácter democrático de su política partidaria, también la integridad del recién constituido FRAP. Así, disociar el comunismo de los crímenes cometidos por el régimen de Stalin era una operación necesaria para el PCCh, aunque dolorosa.
Como dimos cuenta en este artículo, tal exégesis se realizó dentro de ciertos límites. Para una colectividad que interactuó por años con una imagen idealizada de Stalin, su condena no era fácil de asimilar, menos aún si había construido una identidad desde su reivindicación. Así, el tratamiento que el PCCh dio al problema del culto a la personalidad buscó llegar a un equilibrio que permitiera preservar la integridad del proceso socialista en la URSS y el prestigio de Stalin. Sin embargo, como vimos, aquello fue difícil de mantener con el paso del tiempo.
En estas circunstancias, el llamado a superar el culto a la personalidad en el PCCh provocó una discusión interna que alcanzó un nivel de apertura poco común para un partido comunista. El Comité Central impulsó, a partir de julio de 1956, un proceso de autoexamen donde se plantearon los principales dilemas que tal desafío significaba para este partido. En efecto, el sentido de apertura y flexibilidad subyacente a la desestalinización resultó conflictivo en la medida que daba margen para que ciertos límites, aquellos que estableció la estalinización, fuesen franqueados. La democratización de este partido y el relajamiento de la normatividad de sus ideales militantes fueron cuestiones que mostraron tanto la envergadura del debate como sus alcances.
Frente a la desestalinización, el Comité Central veló por respetar los términos establecidos por la estalinización en la medida que los consideraba constitutivos del comunismo de la época. Así, el camino que supuestamente proyectaba seguir era conservador. Aun cuando potenciara la dirección colectiva y flexibilizara la aplicación de sanciones, el PCCh seguiría siendo un partido estalinista. Dos años después confirmaría dicha impronta al reparar en la importancia de estudiar La lucha por la formación del Partido Comunista de Chile: “En ellos se explica por qué el Partido Comunista no tolera fracciones en su seno, por qué es incompatible ser comunista y masón, por qué se necesita una vigilancia alerta y constante” 91 .
Resumen:
Introducción
El XX Congreso del PCUS: desde el desconcierto a la controversia
Los inicios de la desestalinización en el PCCh
Más democracia partidaria, ¿pero sin disidencias?
¿Una identidad comunista con o sin Stalin?
Conclusiones