in Cuadernos de Historia
Arqueología foucaultiana y análisis crítico de discurso (Fairclough): dos lecturas compatibles para un ejercicio de análisis histórico
Resumen:
El artículo se ocupa de la arqueología foucaultiana y del modelo de análisis crítico del discurso (ACD) propuesto por Norman Fairclough, para establecer si son susceptibles de ser aplicados en conjunto para la realización de un análisis histórico. Tras la revisión documental, se concluye que la arqueología, si bien no representa un método específico que pueda ser empleado de forma esquemática, responde a una serie de principios que permiten su articulación con un mucho más estructurado modelo de ACD, dada la concepción compartida por ambos, del discurso como una práctica que forma los objetos de los que habla.
Introducción
“Utilizado previamente por Kant y por Husserl para caracterizar cierto tipo de historia del conocimiento” 2 , el término arqueología es usado por Foucault para nombrar una forma de historizar, en la que no se busca ni la interpretación del sentido subyacente a los discursos proferidos por los hombres, ni el establecimiento de las condiciones gramaticales o lingüísticas que dan lugar a la formación de los enunciados.
La arqueología foucaultiana forma parte de una “transformación teórica en el campo del análisis histórico” 3 , en razón de la cual el cogito cartesiano deja de ser considerado como un recurso necesario para describir las estructuras de los saberes. Ubicada en ese plano, la arqueología es presentada como un método de análisis de los discursos, opuesto a la historia tradicional de las ideas, cuyo fin es la explicación de los cambios en la historia del saber, vía la determinación de sus reglas de formación.
A propósito de su carácter de método de investigación, ha de señalarse que cualquier intento de dar cuenta de dicha particularidad, excluye de sí mismo toda pretensión de uniformidad conceptual, puesto que la categoría de “método” se encuentra marcada por las diferentes tradiciones presentes en la filosofía de la ciencia. No obstante, sin el ánimo de realizar un abordaje simplista del asunto, podría proponerse que dicha categoría, “por una parte, designa las operaciones generales comunes a todas las ciencias y, por otra, las técnicas particulares de cada una de las disciplinas científicas” 4 .
Parcialmente cercana a ese primer y genérico intento de conceptualización es la propuesta de Bunge, ya que, si bien para el autor el método científico da cuenta del modo peculiar en el que la ciencia opera siempre que quiere alcanzar un objetivo determinado, él mismo es enfático al señalar que dicho método no debe interpretarse como “una técnica especial para el manejo de problemas de cierto tipo” 5 .
Cohen y Nagel, por su parte, lo conciben como “la técnica más segura ideada por el hombre para controlar el flujo de las cosas y establecer creencias estables” 6 , a la que también atribuyen características como su duda sistemática respecto de todo aquello que carezca del apoyo de adecuados elementos de juicio y la capacidad de autocorregirse. Contrario a ello, Feyerabend en su obra Tratado contra el método propone un anarquismo metodológico en reemplazo del racionalismo, lo cual se traduce en una puesta en cuestión de todo método, en tanto que ninguno puede ser catalogado como el mejor entre los existentes 7 .
En torno a todas estas concepciones han surgido una serie de debates que, lejos de agotarse en la impostura victoriosa de alguna de ellas, demandan de los investigadores una toma de posición en la que más allá de la definición de método, lo que se pone en juego es una determinada manera de ver el mundo.
Desde este punto de vista, el método hace las veces de una guía que justifica y preside todas y cada una de las actuaciones del investigador en su intento por descifrar las particularidades de su objeto de estudio, al tiempo que constituye un referente teórico, político, ético y epistemológico desde el cual se pueden interpretar los fenómenos observados. Tal ocurre, entonces, con la arqueología foucaultiana y su examen de las condiciones de posibilidad de los saberes.
Ahora bien, cómo llevar a cabo un examen de dicha naturaleza es una cuestión compleja, puesto que, más allá de que Foucault haya planteado una serie de principios para orientar su aplicación, no se trata de un método específico que pueda ser empleado de manera esquemática. Así las cosas, para seguir el camino que ella misma se ha trazado, la arqueología requiere servirse de una estrategia metodológica, o metodología, que cumpla la función de explicitar los procedimientos y modos explicativos que han de ser utilizados para alcanzar sus fines 8 .
Como una opción en ese sentido aparece el análisis crítico del discurso (ACD), según el modelo de Norman Fairclough, instrumento susceptible de ser utilizado para la investigación, desde el cual se busca hacer transparentes los aspectos discursivos de las desigualdades sociales 9 .
Siendo distintos, método y metodología constituyen un binomio que ha de ser compatible teórica y epistemológicamente, siempre que con su aplicación se pretenda arriesgar una respuesta frente a una determinada pregunta de investigación.
Partiendo de esa base, el presente artículo intenta aproximarse tanto a las particularidades de la vertiente arqueológica del método utilizado por Foucault en sus investigaciones, como a los pormenores de la estrategia de análisis crítico del discurso (Fairclough), en aras de establecer si esta última puede ser una herramienta válida para cuestionarse por los modos de subjetivación que tienen lugar en una determinada época y contexto.
A propósito de la ruta metodológica
Siguiendo los planteamientos de Burbules 10 10, a propósito del carácter mutuamente constituyente que en la investigación tienen los métodos y las preguntas, en la medida en que al tiempo que los primeros definen a las segundas, estas, a su vez, lo hacen con aquellos; se realizó un ejercicio de revisión documental, con la finalidad de “rastrear, ubicar, inventariar, seleccionar y consultar (…) fuentes (…) [primarias y secundarias]” 11 relacionadas con el método utilizado por Michel Foucault en sus trabajos como historiador, dado el carácter arqueológico, en sentido foucaultiano, de la pregunta en que se sostuvo la investigación doctoral de la que el presente artículo es producto, a saber, ¿qué formas de subjetivación promueven las prácticas discursivas circulantes en las políticas públicas colombianas de diversidad sexual y de género, a propósito de la relación educación formal - salud pública, durante el periodo 1991-2016?
Dicho ejercicio implicó realizar una búsqueda en el Sistema de Bibliotecas de la Universidad de Antioquia, al igual que en cuatro bases de datos bibliográficas y motores de búsqueda: Dialnet, Redalyc, Scielo y Google Académico. Para ello fueron utilizados seis descriptores, con sus respectivas combinaciones, tres de ellos relacionados por el tesauro de la Unesco.
Dada la enorme cantidad de fuentes identificada, fue necesario hacer un muestreo a conveniencia de los materiales documentales, teniendo en cuenta para ello los objetivos de la investigación y las condiciones de tiempo y recursos disponibles para su realización. Como consecuencia de lo anterior, se establecieron los siguientes criterios de inclusión: documentos tipo artículo o capítulo de libro (revisión e investigación), idioma (español e inglés), calidad (coherencia conceptual y metodológica), pertinencia temática y precisión analítica. La aplicación progresiva de estos criterios al material documental, en conjunto con su disponibilidad y carácter no repetitivo, permitió la selección de 36 textos que sirvieron como fuentes para la escritura de este artículo.
Los documentos fueron registrados en fichas de contenido, en las cuales se consignaron datos correspondientes a la descripción bibliográfica, lugar de reposo del material documental, concepto de método, metodología, arqueología, discurso, análisis del discurso, posición epistemológica y metodológica. Se realizó análisis inductivo para identificar tendencias, convergencias, contradicciones y vacíos, de modo que resultara posible hacer el levantamiento de categorías.
Arqueología: una lectura no hermenéutica del presente
En la búsqueda de las particularidades de la perspectiva arqueológica del método de investigación de Foucault, se encontró que la arqueología, en tanto modo de descripción, plantea el problema de ¿por qué ha aparecido un determinado enunciado y no otro en su lugar? 12 .
A este respecto, basándose en los desarrollos consignados por Foucault en la introducción al texto La Arqueología del Saber (1970/1979), Castro señala que:
A diferencia de las filosofías de la historia, la descripción arqueológica de los enunciados se propone multiplicar en el análisis las instancias de la diferencia, de la multiplicidad, de la discontinuidad. No se trata, para ella, de recurrir a un sujeto único (la conciencia, la razón, la humanidad) como soporte de una historia continua en la que el pasado encuentra su verdad en el presente, y en la que éste, en forma de promesa, anticipa un futuro más pleno. Se trata, más bien, de lo contrario: multiplicar las rupturas, evitar las miradas retrospectivas, renunciar a la plétora del sentido o la tiranía del significante 13 .
Así pues, buscando ser un “método de análisis histórico liberado del tema antropológico” 14 , esto es, ajeno a la idea de sujeto propia de la modernidad 15 , según la cual, este último es una sustancia capaz de dominar y transformar al mundo, en la medida en que encarna el ideal moderno de unidad, libertad, autonomía, racionalidad y homogeneidad 16 ; la arqueología pretende alcanzar un cierto modo de descripción de los regímenes de saber en el que la posibilidad de comprender las singularidades e inconmensurabilidades de un suceso no termine siendo obturada, como ocurre cuando, a la manera del presentismo histórico, se intenta hacer una historia del pasado en términos del presente mediante la imposición de unas categorías de análisis y supuestos de unos horizontes de historicidad sobre otros; o cuando, en la lógica de la Indagación Metafísica, constituye un hábito el pensar en términos de constantes históricas, universales antropológicos o generalizaciones definidas de antemano 17 .
Foucault 18 presenta a la arqueología como una metodología cuyo dominio de análisis son los discursos entendidos como un conjunto de enunciados respecto de los cuales es posible definir sus condiciones de existencia, considerados como acontecimientos [o irrupciones de singularidades históricas] 19 , que se ligan por prácticas discursivas 20 , es decir, por reglas anónimas determinadas en el tiempo y delimitadas en el espacio, que van definiendo una época concreta y en grupos o comunidades específicos, las condiciones que hacen posible cualquier enunciación 21 .
Así las cosas, la arqueología como procedimiento metódico responde a una lógica investigativa planteada por Foucault en términos de una “historia crítica del pensamiento, entendida como el análisis de las condiciones en las que se han formado o modificado ciertas relaciones entre sujeto y objeto; y ello en la medida en que tales relaciones son constitutivas de un saber posible” 22 .
De acuerdo con Foucault, la historia como crítica constituye un conjunto de opciones que prevaleció al descartar otras, una serie de cambios interpretativos discontinuos, con base en la cual es posible “mostrar cómo eso-que-es no siempre ha sido, y así exponer por qué y cómo eso-que-es puede no ser más” 23 . Una historia crítica somete a escrutinio lo dado por sentado y tiene como objeto de escritura y análisis al presente 24 , visto no como cierta época del mundo, ni como el escenario en el que se pueden descifrar los signos anunciadores de un acontecimiento próximo, ni tampoco como el punto de transición hacia un mundo nuevo 25 , siendo Foucault, en este punto, claramente kantiano 26 .
El presente del que se ocupa Foucault “califica lo cercano e inmediato al individuo” 27 , y el punto nodal en un análisis arqueológico de suyo es “acercarse a lo que debe ser el sujeto […] para llegar a ser sujeto legítimo de tal o cual tipo de conocimiento […], [a lo que ha de sumarse un esfuerzo por] conocer las condiciones que hacen que algo pueda llegar a ser objeto para un conocimiento posible” 28 .
En otras palabras, se trata de intentar dar respuesta a la pregunta por la manera en que operan los modos de subjetivación, que no son otra cosa que las formas en que el sujeto aparece como objeto de una determinada relación de conocimiento y poder, formas que responden a unas reglas, a unos juegos de verdad, en los cuales el sujeto ha de posicionarse en aras de poder convertirseen objeto legítimo de conocimiento 29 .
Sujeto y objeto mantienen entre sí una serie de diferentes relaciones que hacen posible la emergencia de formas de saber, relaciones que exigen del sujeto tener un determinado estatuto, ocupar una posición particular, estar sometido a ciertas delimitaciones para que lo que él pueda decir logre inscribirse en el campo de lo verdadero y lo falso. En este sentido, el sujeto, en tanto tal, es al mismo tiempo objeto.
Teniendo en cuenta lo anterior, es posible plantear que la arqueología como método para hacer un análisis histórico del presente en el que se reconocen las dispersiones y discontinuidades propias de las formaciones discursivas, de entrada, se distancia de los postulados defendidos desde la historia tradicional, en los cuales se hace énfasis en la continuidad del tiempo, la transparencia del lenguaje y su puesta de manifiesto en la creencia en que las palabras significan literalmente lo que dicen, el actuar humano bajo condiciones de pleno dominio sobre sus intenciones y la objetividad como un ideal de verdad eterna imposible de alcanzar por completo, pero al que hay que tratar de acercarse lo máximo posible 30 .
A este respecto, es menester señalar que, de acuerdo con Veyne 31 , la forma como Foucault explica la historia no excluye de su campo a ninguno de los aspectos que son abordados en el programa de la historia tradicional de las ideas (la sociedad, la economía, etc.), sino que se ocupa de ellos de una manera distinta, al tomar las prácticas en que los hombres han visto verdades como su eje de análisis.
Para Foucault, si se mira detenidamente la forma como se ha explicado siempre la historia, se podrá advertir que en ella “hay más [cosas] que explicar de lo que se pensaba, [que existen] formas extrañas que han pasado inadvertidas” 32 , que “las palabras […] engañan [cuando intentan hacer] creer en la existencia de […] objetos naturales” 33 , conocidos, siempre idénticos a sí mismos, puesto que “lo natural, [en todos los casos,] oculta en su seno el aspecto de una norma 34 .
Así las cosas, la arqueología constituye una “historia de nuevo cuño” 35 , en relación con la cual debe plantearse que, además de demandar de su agente un interés por describir las grietas, cortes y rupturas del monumento que constituyen los hechos de discurso 36 , abre la posibilidad de decir lo que es el sujeto hoy, y lo que significa, hoy, decir lo que es el sujeto 37 .
A propósito del agente que emprende dicha labor, esto es, del historiador que desarrolla su quehacer en esta materia, ha de precisarse que Foucault se refiere a él en términos de genealogista, en lo que constituye una clara alusión a otra de las perspectivas de su método de investigación, a saber, la genealógica.
Apoyada sobre un presupuesto en común con la arqueología, esto es, el “escribir la historia sin referir el análisis a la instancia fundadora del sujeto (DE3,147)” 38 , la perspectiva en cuestión añade al análisis arqueológico la tentativa de dar cuenta de las prácticas no-discursivas, definidas como las relaciones de poder que hacen parte de las condiciones de posibilidad de formación de los saberes 39 .
Sin representar ni una ruptura ni una oposición, y habiendo sido concebidas en un determinado momento de la obra foucaultiana como dimensiones simultáneas del mismo análisis histórico 40 , tanto la arqueología como la genealogía requieren que quien asuma la tarea de llevarlas a cabo, esto es, el genealogista, a quien también refiere Foucault como “el buen historiador” 41 , se oriente a la búsqueda, no del origen, ya que una pesquisa tal va detrás de “lo que ya estaba dado”; sino de los comienzos, en un intento por mantener a distancia el análisis histórico respecto del interés en buscar la identidad última de las cosas. A propósito de un análisis tal, específicamente en perspectiva arqueológica, afirma Bedoya citando a Foucault:
Frente al documento la pretensión no [puede ser] descifrarlo, interpretarlo para extraer de él su verdad y la fundamentación primera, el origen de las ideas, sino más bien “trabajarlo desde el interior y elaborarlo [tratando de definir] en el propio tejido documental unidades, conjuntos, series, relaciones” 42 .
“La arqueología, [entonces], no es alegórica, no busca lo que hay debajo del discurso, [puesto que éste no es] visto como documento […] signo de “algo”, [al que habría que devolverle la palabra, sino [como] monumento” 43 . Es por esta razón que, al ocuparse de escuchar la historia, el genealogista aprende que revelar el secreto que está detrás de las cosas consiste en reconocerlas sin esencia 44 .
A este respecto, Foucault demanda de la arqueología, como parte de la investigación histórico-crítica que se pregunta por la forma en que algo llega a convertirse en un problema, en lugar de asumir que siempre lo ha sido 45 , el “[…] partir de un escepticismo sistemático frente a cualquier universal antropológico” 46 , de modo tal que resulte posible interrogarlo en su constitución histórica 47 , es decir, tratarlo no como una categoría esencial cuyo significado subyace a la espera de ser descubierto, sino como un intento de humanos, situados históricamente, para definirse y redefinirse 48 , lo que constituye el primero de tres principios metodológicos usados por el autor.
Del lado del segundo principio, el llamado de Foucault es a tomar como eje de estudio central las prácticas concretas por las que el sujeto es constituido, invirtiendo con ello el movimiento filosófico en el que aquel es llamado a dar cuenta de lo que puede ser cualquier objeto de conocimiento en general 49 . Se trata aquí entonces de una puesta en cuestión de la existencia de un sujeto constituyente 50 , esto es, de un sujeto garante de conocimiento, capaz de otorgar sentido al discurso 51 y “una significación específica a la existencia” 52 .
En cuanto al tercer principio, “tomar como dominio del análisis las prácticas […] entendidas como manera de pensar y actuar, [en el proceso de intentar] comprender la constitución correlativa del sujeto y el objeto” 53 , es la apuesta foucaultiana en la que el análisis de las relaciones de poder ocupa un lugar central, en razón de que las prácticas discursivas no solo están sujetas a relaciones de poder, sino que son en sí mismas un ejercicio de poder que da cuenta del uso estratégico que del discurso puede hacerse, toda vez que “el discurso es poder” 54 y, al serlo, tiene la capacidad de hacer las veces o bien de un instrumento a su servicio, o bien, de un obstáculo a su respecto 55 .
En este punto, se hace necesario señalar que de acuerdo con el artículo que Maurice Florence 56 dedica a Foucault en Le dictionnaire des philosophes en 1988, los tres principios en mención representan “la elección mayor de procedimiento en la que toda la obra de Foucault se apoya” 57 , en su apuesta por “producir una historia de los diferentes modos de subjetivación de los seres humanos en [la cultura occidental]” 58 .
Como principio de inteligibilidad histórica, la eventualización es la propuesta de método presente en Foucault para evitar las trampas del presentismo histórico y la indagación metafísica. Aquella consiste básicamente en la toma de distancia respecto de lo que parece ser evidente en relación con un determinado acontecimiento, y el intento de remoción de las falsas evidencias asociadas al mismo, mediante la historización de la forma como ellas fueron objetivadas. Así, “[objetivando] las objetividades” 60 es como se puede sostener sistemáticamente un escepticismo frente a universales antropológicos como el sujeto y la historia, por ejemplo. La clave pues, es la sospecha radical.
En cuanto a la problematización, al igual que para la eventualización, lo que le resulta relevante son las singularidades históricas de los objetos o problemas. Como estrategia de método, va de la mano con la pregunta por el cómo y el por qué ciertas cosas se convierten en un problema, es decir, por qué a su respecto se han perdido la familiaridad y la certidumbre 61 .
Ambas categorías denotan estrategias de abordaje cuya consideración es necesaria para una cabal comprensión de la arqueología, método de análisis en el que, “Foucault […], más allá de su propia práctica” 62 , no se compromete a señalar un “modo de operar” válido para todos los casos.
Bajo dichas circunstancias, es preciso preguntarse por la forma de operativizar un ejercicio de análisis histórico que, como la arqueología, se cuestione por los modos de subjetivación que promueven determinados discursos en un momento histórico y contexto particulares 63 , siendo ese el escenario en donde aparece el análisis crítico del discurso como una estrategia metodológica idónea para ser vinculada con tales propósitos.
Análisis Crítico del Discurso: el modelo de Norman Fairclough
“Discurso y análisis [crítico] del discurso [ACD] no son términos unívocos, [contrario a ello,] ambos están plenos de sentidos diversos en cada una de sus variedades, tradiciones y prácticas” 64 , de allí que antes de intentar ahondar en las particularidades del ACD, sea imperativo precisar qué entendía Foucault por dichos conceptos, máxime si se tiene en cuenta que “dependiendo de la noción de discurso que se maneje, la concepción de [análisis crítico del discurso] adquirirá significados muy diferentes” 65 .
De acuerdo con Foucault 66 , el discurso es un conjunto de enunciados respecto de los cuales pueden definirse sus condiciones de existencia. Según este autor, todo discurso encuentra en las formaciones discursivas su contexto de producción, en la medida en que ellas actúan como regulaciones del orden discursivo vía la organización de estrategias que facultan la puesta en circulación de determinados enunciados en detrimento de otros, todo ello en el marco del proceso de caracterización de un determinado objeto 67 .
Los discursos, al hacer algo más que utilizar signos, funcionan como “prácticas que forman sistemáticamente los objetos de que hablan” 68 , lo cual entra en sintonía con el análisis crítico del discurso, toda vez que este representa una “práctica que permite desenmascarar e identificar otras prácticas discursivas” 69 . De acuerdo con Foucault, el análisis del discurso se orienta a:
Captar el enunciado en lo estricto y singular de su acontecimiento, determinar las condiciones de su existencia, fijar lo mejor posible sus límites, establecer sus correlaciones con los demás enunciados con los que puede estar ligado, [y] mostrar cuáles son las otras formas de enunciación que excluye 70 .
Esta perspectiva de análisis se conoce como Crítica, en el sentido de que se ocupa de examinar tanto los límites de aquello que pretende ser presentado como “universal, necesario y obligatorio” 71 , como su posible franqueamiento. Concebida por Foucault 72 como una actitud en la que se pone en juego una cierta manera de pensar, decir, actuar y relacionarse con la cultura y con los otros 73 , la cual ha de orientar la investigación histórica sobre los modos de subjetivación, la perspectiva en cuestión, tradicionalmente ha ubicado en su centro de interés al estudio de aquellas acciones sociales que se ponen en práctica a través del discurso, tales como el abuso de poder, la dominación y la exclusión social, así como los procesos de resistencia frente a ellos 74 .
El análisis crítico del discurso (ACD) incluye una variedad de enfoques que difieren en la teoría, la metodología y el tipo de cuestiones consideradas como relevantes para ser teorizadas y, por esa vía, convertidas en objeto de investigación 75 ; pese a esa diversidad que lo caracteriza, en términos generales y como factor común, el ACD adopta una visión tridimensional en la que el discurso es al mismo tiempo práctica textual, discursiva y social, visión que, a su vez, es el punto a partir del cual se derivan los objetivos de dicho análisis.
A propósito de la vertiente textual del discurso, ella remite tanto a las reglas de su producción (coherencia, cohesión, estilo, voces en él evocadas, etc.), como al agente encargado de llevarlo a cabo. En cuanto a su dimensión discursiva, esta se relaciona con las condiciones de espacio y tiempo en las que el discurso tiene lugar. Finalmente, en lo que respecta a su plano social, este alude a la naturaleza, tanto de su origen como de los efectos que genera, toda vez que “el discurso no solo está determinado por las instituciones y las estructuras sociales, sino que es parte constitutiva de ellas” 76 .
De otro lado, en lo concerniente a los objetivos del análisis en cuestión, son ellos: conocer la forma como se lleva a cabo el proceso de construcción discursiva de los acontecimientos, las relaciones sociales y los sujetos, así como revelar las implicaciones sociales de dicho proceso 77 .
Inscrito en este campo, como uno de los representantes cuyas posturas teóricas resultan afines a las “teorías sobre la sociedad y el poder pertenecientes a la tradición de Michel Foucault” 78 , Fairclough 79 concibe al ACD como una parte de la tradición crítica del análisis social, orientada al logro de una comprensión más profunda tanto de la naturaleza y las fuentes de los males sociales, como de los obstáculos para abordarlos y las posibles formas de superarlos.
Esta filiación del ACD implica que la crítica que en él tiene lugar debe ser tanto normativa, o moral, como explicativa, puesto que para cambiar las realidades no es suficiente con describirlas, sino que es menester, además, poder explicar cómo han llegado a ser lo que son. Dicha crítica, a su vez, necesariamente ha de presentar un carácter transdisciplinario que permita que teorías y disciplinas afines sostengan un diálogo, con base en el cual las problemáticas sociales puedan ser construidas como objetos de investigación 80 .
Este proceso requiere de una metodología que Fairclough concreta en un marco analítico compuesto por cinco puntos, los cuales son presentados como los pasos a seguir para poner en práctica un ejercicio de análisis crítico del discurso, siendo ellos: 1. la selección de un problema social que cuente con un aspecto semiótico, 2. la identificación de los obstáculos que se presentan para su abordaje, 3. el establecimiento de si el orden social necesita en cierto sentido el problema o no, 4. la identificación de posibles formas de superar los obstáculos y 5. la reflexión crítica sobre el análisis 81 .
En cuanto al primer punto, la cuestión central es que el objeto de análisis represente alguno de los problemas a los que se enfrentan las personas por efecto de las particulares formas de la vida social en las que se encuentran insertas, y ello, en razón del carácter crítico que adjetiva a esta forma de análisis del discurso, carácter que, según Fairclough, le obliga a tener objetivos emancipadores 82 .
Para este autor, los problemas sociales constituyen órdenes perjudiciales para el bienestar de los seres humanos, aunque reconoce que el establecer qué situaciones representan o no uno de ellos, es una tarea que no está exenta de controversia 83 .
Respecto del segundo punto de la metodología, es clave aquí identificar la red de prácticas en la que se inscriben los textos analizados, es decir, las fuentes de las que ellos provienen. Sumado a lo anterior, como parte de lo que Fairclough 84 denomina análisis interaccional, se deben rastrear las características lingüísticas del texto, entre las que se destacan la presencia y/o ausencia de agentes, el tiempo real, el tiempo y modo verbal, el ámbito del ser y el deber ser, las falacias argumentativas y las anáforas. De igual manera, en materia de análisis interdiscursivo, se hace necesario establecer el tipo de texto que se está analizando con base en sus características retóricas, rastrear lo que pueda identificarse del autor y su trayectoria, determinar el tipo de argumentos que presenta el texto, las antítesis o contradicciones en que incurra, su objetivo, así como los pronombres que utiliza para dar cuenta de sus agentes.
A propósito del tercer punto, el objetivo es establecer si existen ideologías, al modo de representaciones o tergiversaciones parciales, que se tornen necesarias para darle consistencia al discurso que se presenta como dominante en relación con el problema objeto de estudio. “El discurso es ideológico en la medida en que contribuye a mantener relaciones particulares de poder y dominación” 85 .
En lo concerniente al cuarto, allí la crítica se orienta a identificar posibilidades favorables a un cambio del orden de las cosas que no hayan sido realizadas, o que lo hayan hecho parcialmente. Bajo esas circunstancias, la vía a tomar puede estar del lado o bien de “mostrar las contradicciones, lagunas o fallos existentes en la dominación del orden social [, o bien, de] mostrar […] [prácticas de] diferencia y […] [de] resistencia” 86 .
Ya en el quinto punto, “el análisis se vuelve reflexivamente sobre sí mismo y se pregunta […] hasta [dónde] es eficaz como crítica” 87 y si puede o no contribuir a la emancipación social. A este respecto, es necesario señalar que, en desarrollos posteriores de su obra, Fairclough 88 elimina este paso de su marco metodológico para el análisis crítico del discurso, lo cual, presumiblemente, evoca las reflexiones kantianas sobre la utilidad “puramente negativa de la crítica, como forma de aclarar la razón y mantenerla libre de errores” 89 .
En efecto, para Kant el propósito de la crítica no era extender el conocimiento, sino únicamente corregirlo, posición afín con la asumida por autores como Marx, Adorno y Derrida, quienes, pese a las diferencias entre sus filosofías, coincidieron en ver la elaboración de un plan ideal completamente formulado respecto del deber ser del futuro, como una exigencia que, en modo alguno, es siempre predicable para la crítica, en tanto lectura a contrapelo de aquello que parece natural, obvio, evidente o universal, cuyo valor radica, precisamente, en el respaldo a una historia cuya dirección no puede ser determinada 90 .
Arqueología y Análisis Crítico del Discurso: dos horizontes de análisis compatibles
Realizado este recorrido, puede apreciarse que la propuesta analítica de Fairclough parte de la base de que las prácticas sociales tienen el poder de constituir a los sujetos del discurso, sujetos que son concebidos como construcciones históricas que tienen lugar a través de prácticas discursivas, en lo que representa un punto de encuentro con la arqueología foucaultiana.
En efecto, para Foucault 91 , lejos de ser una sustancia capaz de dominar y transformar al mundo, como lo propone la tradición cartesiana, el sujeto representa una forma que no siempre es idéntica a sí misma, la cual tiene lugar históricamente sobre la base de condicionantes que le son exteriores y que la sitúan, no contra el telón de fondo de una identidad psicológica fija, sino en un escenario de saberes, prácticas y estrategias en el que esa forma que es el sujeto no cesa de desplazar continuamente su subjetividad, de constituirse en una serie infinita y múltiple de subjetividades diferentes, en razón de la cual, siguiendo a Foucault, jamás podrá estarse frente a algo que sea el hombre 92 .
Esta capacidad de agencia que tiene el sujeto para oficiar su propia transformación, en el marco de un proceso en el que permanece abierta para él la posibilidad de construirse y reconstruirse 93 , puede también ser considerada como un factor común entre las elaboraciones de Foucault y Fairclough, toda vez que el carácter crítico del análisis del discurso que el segundo autor defiende, a lo que apunta es a la emancipación de los sujetos respecto de las relaciones de dominación en las que puedan encontrarse inmersos 94 , lo que, a su vez, remite a las reflexiones de Foucault 95 sobre la libertad como problema ético y el poder como tecnología de carácter productivo.
De acuerdo con este autor, el problema ético en mención toma cuerpo en una serie de prácticas que intentan ejercer un control sobre las relaciones de poder, relaciones que están presentes en todas las formas humanas de lazo social, bajo el modo de un amplio haz de estrategias utilizadas por los individuos en su pretensión de conducir la conducta de otros. Dichas relaciones no son algo malo en sí mismo; por el contrario, solo existen en la medida en que los sujetos son libres, puesto que, en ellas, forzosamente, se encuentra la posibilidad de resistencia. Trátase entonces de “juegos estratégicos entre libertades” 96 , lo cual las distingue de los estados de dominación, en donde las relaciones de poder, otrora modificables, se bloquean y adquieren una fijeza que hace de las prácticas de libertad o bien algo inexistente, o bien, algo sumamente limitado.
Es así como Foucault encara el problema ético que denota la pregunta por el cómo se puede practicar la libertad, ya que, según él, no se trata de disolver las relaciones de poder, sino de darse una ética, entendida como “práctica reflexiva de la libertad” 97 , que permita que en los juegos de poder se opere con el mínimo posible de dominación.
Conclusión
Al no ser ni unívoca, ni universal, el dotar de contenido a la noción de método requiere de una decisión por parte del investigador respecto del lugar desde el que desea ubicarse para intentar aprehender su objeto de estudio.
En el caso de las investigaciones realizadas por Foucault, la cuestión del método por él utilizado no es un aspecto que se haya desarrollado de forma doctrinaria, situación que la ha tornado objeto de mucha especulación, al punto de que no siempre es sencillo desentrañar las claves metodológicas que es menester aplicar para llevar a cabo estudios de índole arqueológica desde la perspectiva de este autor.
No obstante, formulando precauciones y principios metodológicos, Foucault buscó hacer un abordaje de la constitución histórica de la subjetividad trascendiendo el horizonte de las filosofías del sujeto, todo ello, mediante el recurso a la arqueología como perspectiva de análisis.
A propósito de ella, trátase de un método de análisis histórico de índole no hermenéutica, que no aspira a descubrir un sentido que estaría presumiblemente oculto bajo los signos, y que recurre al uso de las estrategias de eventualización y problematización, en tanto categorías que tienen incidencia en asuntos relacionados con la conceptualización y operativización del método.
Contando con tales características, la arqueología representa un método que resulta compatible con la estrategia metodológica del análisis crítico del discurso, en términos del modelo propuesto por Norman Fairclough, toda vez que la consideración del discurso como práctica social, la desantropologización 98 del sujeto, la consideración del poder como productivo y de sus relaciones como reversibles e inestables, hacen de los procedimientos propuestos en este tipo particular de análisis discursivo, unas herramientas de gran utilidad frente a la tarea de establecer los modos como se habrá de recorrer el camino arqueológico, en el intento de pensar la historia más allá del sujeto como instancia fundadora.
Resumen:
Introducción
A propósito de la ruta metodológica
Arqueología: una lectura no hermenéutica del presente
Análisis Crítico del Discurso: el modelo de Norman Fairclough
Arqueología y Análisis Crítico del Discurso: dos horizontes de análisis compatibles
Conclusión