in Cuadernos de Historia
La pregunta actual por el acontecimiento, el relato y la historización: una aproximación a la movilización feminista argentina
Resumen:
Este artículo revisita la tesis polémica, proferida en el contexto del narrativismo en la filosofía de la historia contemporánea, que sostiene que los acontecimientos no son el material en crudo a partir del cual surge una narración histórica, sino que son una abstracción de ella. Frente al posible diagnóstico de que hoy vivimos un tiempo de fenómenos cuyo registro parece inducirnos a su incomprensión, y a través de un diálogo crítico con reflexiones de Louis Mink y Hayden White, argumentaré que la teoría de la historia puede encontrar orientación a su reflexión atendiendo a cómo los modos de registro actuales son indisociables de la identificación misma de lo que acontece y, a su vez, cómo esa identificación sigue implicando la disputa entre narraciones alternativas o previas. Ejemplificaré mi propuesta con una aproximación teórica al caso de la movilización feminista argentina iniciada en 2015.
Introducción. Historia desorientada
En el presente artículo me propongo revisitar una de las afirmaciones más polémicas proferidas en el contexto de lo que se denominó “narrativismo” en la filosofía de la historia contemporánea. Si bien a quienes han estudiado estos debates les vendrá a la mente la figura paradigmática de Hayden White o, quizás, Frank Ankermist, la afirmación a la que me refiero corresponde estrictamente a Louis Mink en su artículo “Narrative Form as Cognitive Instrument” 1 . Allí Mink sostiene, a través de una argumentación impecable, que no es cierto que los acontecimientos (events) sean el material en crudo a partir del cual surgen las narraciones históricas, sino que es al revés: un acontecimiento es una abstracción de una narrativa.
La convocatoria a este dossier vuelve interesante revisitar esta tesis dado que propone reflexionar sobre el acontecimiento partiendo de “la intuición de que hoy vivimos un tiempo de fenómenos inéditos, aparentemente similares a otros antiguos, pero que analizados de cerca exceden los rasgos de lo conocido, más aún, el registro de lo conocido parece inducirnos a su incomprensión” 2 . A su vez, este diagnóstico coincide con el que hallamos en las reflexiones de White acerca del acontecimiento modernista como un tipo de ocurrencia propia del siglo XX (y quizás, el XXI) que desafía nuestros modos convencionales de dar sentido a la historia. Estas reflexiones corresponden a los escritos de White de la década de 1990 en adelante y gozaron de menos notoriedad que su obra anterior –a partir de la cual se le adjudicó la paternidad del giro lingüístico en la filosofía y teoría de la historia contemporánea, también denominado de modo peyorativo (en el ámbito norteamericano y europeo, fundamentalmente) “narrativismo”.
Fue, justamente, en esos polémicos trabajos de las décadas de 1970 y 1980 donde White suscribió la tesis minkiana que es la narración la que define el acontecimiento y no al revés, reinterpretando dicha tesis como fruto de un análisis lingüístico-discursivo de los textos históricos: en primer lugar, mediante la postulación de una teoría formal del texto histórico y su tesis del carácter tropológico del discurso en las ciencias humanas; luego, mediante el análisis crítico de la narración como modo discursivo preferido por los estudios históricos en el momento de su establecimiento como disciplina científica, modo cuya relación con su tema, la historicidad, es para White meramente convencional (es decir, la relación entre narratividad e historicidad no es natural ni neutral) 3 . Ahora bien, el propio Mink no se aproximó a la historiografía como mero modo de discurso: su tesis que el conocimiento histórico es necesariamente narrativo en su forma implicaba, en realidad, la postulación que existe un modo específico y autónomo de comprensión de los fenómenos, diferente al modo de las ciencias naturales o la filosofía, al que denominó configuracional 4 .
Como señalé, en su reflexión sobre los acontecimientos modernistas, White modifica parcialmente el foco de interés previo de sus escritos y se pregunta por el carácter específico-en tanto-anómalo de las ocurrencias características del siglo XX. Postulando que estos aconteceres parecen resistirse a ser narrativizados, White liga su especificidad con la dificultad de su representación: esa resistencia se vincula a la caída de nuestra confianza en el modo de narrar convencional como discurso realista de herencia decimonónica. Estos acontecimientos modernistas implicarían una ruptura con el realismo heredado e, incluso, la disolución misma de nuestras nociones de acontecimiento y trama.
A partir de Mink y White, entonces, me propongo pensar la cuestión del acontecimiento en nuestro presente. Ahora bien, frente al diagnóstico de que este es un tiempo de fenómeno cuyo registro parece inducirnos a su incomprensión, intentaré ofrecer una mirada alternativa: afirmaré que la teoría de la historia puede encontrar alguna orientación para la reflexión sobre estos fenómenos en la medida en que atienda a cómo los modos de registro actuales del acontecer son indisociables de la identificación misma de aquello que acontece y cómo, a su vez, esa identificación sigue apelando a narraciones previas. Este texto, entonces, se cuestiona si detrás de las sensaciones de desorientación o incomprensión no sigue operando la narrativización del acontecer: ¿cuáles figuraciones o narrativas se generan en el momento mismo en que se dice que solo se está registrando una ocurrencia? ¿De cuáles narrativas ya instaladas se nutren subrepticiamente? O quizás, ¿cuáles narrativas naturalizadas o incuestionadas pueden perder su rol legitimador?
Al preguntarnos por la forma que en la actualidad el registro de ocurrencias se historiza, puede resonar aquí de un modo muy amplio la conocida hipótesis de François Hartog que sostiene que desde los años 70 el régimen moderno de historicidad ha perdido preeminencia y ha emergido un régimen de historicidad presentista, donde la categoría temporal de presente hegemoniza la articulación con las otras dos, pasado y futuro. Hartog señala como un rasgo del presentismo la historización de un acontecimiento al momento de ocurrir que, como en el caso del 11 de septiembre de 2001, “al dejarse ver en su propia constitución, se historiza enseguida y es ya, en sí mismo, su propia conmemoración: bajo la mirada de las cámaras” 5 . Podría pensarse que los diagnósticos de White y Hartog coinciden en registrar un cambio en la forma de concebir la historicidad del siglo XIX a nuestro presente. Recordemos que White sostuvo que la noción moderna de historicidad es un efecto de la narrativización: el pasado se vuelve comprensible en tanto el entramado de los acontecimientos los familiariza para nosotros/as produciendo una inteligibilidad retrospectiva que permite entender por qué lo que sucedió tuvo cierto modo de desenlace. Si bien White está pensando la historicidad como efecto realista-figurativo de discurso, mientras que Hartog la piensa como articulación posible entre las categorías de pasado, presente y futuro, ambos coinciden en la consideración de que el modo moderno de comprender la historia ha perdido su vigencia, se encuentra en crisis y un nuevo modo estaría emergiendo 6 .
Detrás de las preguntas que formularé subyace la influencia de la mirada perspicaz de Nancy Partner sobre el escenario posposmoderno en la teoría de la historia (2009). Luego de reseñar qué efecto tuvo el giro lingüístico, qué se considera superado o ya no retiene interés, Partner sostiene que la noción más aparentemente inocente y ubicua de “narrativa” es la que debe seguir demandando nuestra atención. Si se piensa que estamos en un momento posnarrativista, posposmoderno o pospostestructuralista, da lo mismo para Partner porque la eficacia de la narración como modo de comprensión de lo real y, particularmente, de articulación de lo histórico y lo político, no ha disminuido en la arena pública. En otras palabras, aquello que en los journals sobre estudios históricos y teoría de la historia puede afirmarse hoy como debate perimido o pasado, hablará en todo caso de los intereses cambiantes de la academia, pero no se condice con la función cultural que la narrativización sigue desempeñando en medios de comunicación, en la construcción de candidatos políticos o en las disputas entre etnias o naciones, entre otros. Es este hiato señalado por Partner entre el viraje de interés de las disputas teóricas sobre la historia (y su escritura) y la persistencia de la narratividad como modo de localizar al individuo en la historia –y, así, legitimar o deslegitimar cierto status quo social– lo que motiva la reflexión que propondré.
También me ha interpelado el análisis crítico que realiza Pablo Aravena en su libro Pasado sin futuro. Teoría de la historia y crítica cultural, donde afirma que el conocimiento histórico ha perdido su relevancia social 7 . Ya no sería a la historiografía, en la figura de sus practicantes, a quien la sociedad recurriría para saber sobre su pasado y, de ese modo, orientarse tanto en la acción presente como en sus expectativas. La desorientación del acontecer actual, entonces, estaría ligada a la falta de interés por la palabra de los/as historiadores/as por parte de quienes lo vivencian. Ahora bien, si Aravena registra (y lamenta) la falta de interés o autoridad de la palabra de la disciplina, este texto invierte el orden de la cuestión: ¿qué interés tiene para lo/as historiadores/as el modo en que surgen y circulan denominaciones y relatos sobre lo que acontece, producidos desde ámbitos de instalación de discurso como los medios de comunicación y las redes sociales, y el uso que de ellos se hace desde distintos sectores de la sociedad? Es, justamente, en este otro ámbito en el que Partner está pensando y diciéndonos: “Cuidado con sus diagnósticos de crisis o superación porque la narrativización está más viva que nunca.” Porque si la historiografía ha perdido su rol social, tal como observa Aravena, no sucedería lo mismo, según Partner, con el mecanismo de legitimación o crítica del status quo que fue y sigue siendo la narrativización. Con estas preguntas planteadas, revisemos las ideas Mink y White.
Acontecimiento y relato en White y Mink
White denomina acontecimientos modernistas a las ocurrencias del siglo XX que parecen presentar una naturaleza anómala, un alcance e implicaciones que disrumpen nuestra capacidad de darles sentido, haciendo estallar nuestra clara distinción entre lo real y lo imaginario y frustrando o, incluso, destruyendo nuestro horizonte normal de expectativa. Estos acontecimientos (entre los cuales el Holocausto es ejemplo paradigmático) pueden inclusive adquirir para ciertos grupos o comunidades un carácter traumático 8 . Más aún, y este aspecto es clave, el carácter anómalo por el que estos acontecimientos no parecen poder ser captados por un único sentido o interpretación, implica su resistencia a ser procesados mediante las categorías y convenciones heredadas para asignarles significado. Dado esto, White dirá que junto con la radical transformación que sufre la noción de acontecimiento ante estos sucesos, la noción de relato también se enfrenta a su potencial disolución: como convención representacional de lo histórico parece inadecuada para dar cuenta de estos acontecimientos.
Según la teorización que hizo célebre a la propia obra de White (anterior, como se indicó, a sus indagaciones sobre el acontecimiento modernista), la narración histórica, como modo de discurso, organiza los acontecimientos de los que trata de manera de constituirlos en un proceso coherente, una totalidad con principio, medio y fin, en virtud de la atribución a lo relatado de funciones, valores y jerarquías en el relato. Este procesamiento discursivo de narrativización dota al proceso representado de sentido y coherencia, de tal manera que produce un efecto de inteligibilidad retrospectiva: lo que sucedió antes se comprende por lo que vino después en la medida en que se capta la estructura completa del relato. Este necesario entramado de los acontecimientos emplea, según White, los géneros de trama arquetípicos (novela o romance, tragedia, comedia y sátira) que, aunque con sus diferentes significados, comparten la función de dotar de inteligibilidad lo relatado produciendo una clausura narrativa del sentido del proceso como un todo.
Ahora bien, cuando White redirige su atención al siglo XX y reflexiona sobre estas ocurrencias anómalas, su elección del calificativo “modernista” para abordarlas tiene al menos dos funciones: en primer lugar, una de contextualización histórica dado que los considera como modernistas porque solo fueron posibles a partir del siglo XX (volveré sobre este aspecto en breve); y, en segundo lugar, una función de clasificación figurativo-estética: White vincula el modernismo de estos acontecimientos con el modernismo literario como movimiento estético. Aunque no me detendré en este segundo aspecto que ya he analizado en trabajos previos 9 , quisiera mencionar brevemente que esta segunda función de su calificación se relaciona directamente con su argumentación contra la tesis de su irrepresentabilidad. Si bien White reconocerá el carácter desafiante de estas ocurrencias frente a nuestras técnicas de representación realista, a la vez propondrá que respondamos a ello con mayor creatividad y la ampliación del horizonte de nuestros recursos literarios 10 . Debe decirse que esta indagación responde a la intervención de White en un contexto de debate sobre los desafíos de la representación de estas ocurrencias en la historiografía, la literatura, el cine y las artes, discusión que pone el acento en la tensión entre su tratamiento estético y la responsabilidad ética a asumir frente a la memoria y emociones traumáticas que estas ocurrencias pueden provocar en ciertos individuos y comunidades actuales. En líneas generales, la propuesta de White consiste en sugerir que estos acontecimientos sean tratados mediante un modo de escritura antinarrativo, semejante al estilo modernista de Woolf, Joyce y Proust. En la medida en que este estilo se caracteriza por hacer fracasar la convencional expectativa de clausura y significación retrospectiva que el entramado tradicional efectuaría sobre los acontecimientos (sumado a otros recursos figurativos como la representación pluripersonal de la conciencia y el monólogo interior) este estilo permitiría patentizar –en lugar de negar o desatender– la sensación de irrealidad que los acontecimientos modernistas provocan. Más aún, White cree hallar en la escritura modernista de principios de siglo XX la exploración de un nuevo concepto de historia crítico del realismo decimonónico. En síntesis, debe quedar en claro que la posición de White respecto de la representación de los acontecimientos modernistas, si bien cambia el foco de sus previos trabajos y somete a crítica la idea misma de que todo proceso histórico puede ser comprendido al ser narrado, sigue siendo consistente con su permanente apuesta ética-estética de Metahistoria en adelante: reconocer los modos de pensar la representación del pasado que fallan, quedan caducos o dejan de interpelarnos respecto de la función social de la escritura de la historia debe movernos a apostar a que, en el diálogo con la literatura y el arte, podamos encontrar recursos figurativos para producir más y mejores imágenes del pasado.
Me interesa ahora profundizar sobre la primera función que indiqué, la de contextualización histórica del calificativo “modernista”. White señala como especificidad de estos acontecimientos el ser efecto del proceso de modernización y desarrollo tecnológico propio del siglo XX. Esto tiene dos sentidos, a su vez: que estas ocurrencias responden a los nuevos y devastadores medios de destrucción y muerte disponibles para las sociedades modernas (guerras mundiales, genocidios, hambrunas, ecocidio, etc.) por una parte 11 ; y, por otra parte, que nuestro lidiar con estas ocurrencias está atravesado por los nuevos medios tecnológicos de registro y representación como el cine, la televisión, el video, lo digital, etc. (listado al que hoy añadiríamos los social media o redes sociales). Es aquí donde, como mostraré en breve, revisitar la tesis de Mink se vuelve interesante.
Estos nuevos medios tecnológicos colaboran, según White, con la crisis de nuestras nociones de acontecimiento y relato. En el caso de la noción de relato (story) sostiene que “ha sufrido una tremenda corrosión e incluso su potencial disolución como resultado de la revolución en las prácticas representacionales conocida como modernismo cultural y por las tecnologías de representación posibilitadas por la revolución electrónica” 12 . Recurriendo a reflexiones acerca de la relación entre estas tecnologías y ocurrencias que son filmadas y/o televisadas al mismo momento de ocurrir (como la explosión del Challenger en su lanzamiento por la NASA en 1986 o la golpiza a Rodney King por la policía de Los Ángeles en 1991), White afirma:
[…] podemos considerar rentable el poder de los medios modernos para representar acontecimientos de tal modo que los vuelven no solo impermeables a todo esfuerzo de explicarlos sino también resistentes a todo intento de representarlos en la forma de un relato. Los medios electrónicos modernos pueden manipular imágenes grabadas de tal modo de hacer explotar los acontecimientos frente a los ojos de los espectadores 13 .
Aquí queda claro que “modernista” señala una relación paradojal, como mínimo: siendo inversamente proporcional el acceso visual al acontecimiento y su inteligibilidad. Mientras creeríamos que algo está siendo documentado “de modo aparentemente inequívoco” por la filmación, el registro visual y auditivo en el momento mismo de ocurrir termina en realidad volviéndose “virtualmente ininteligible”: esa misma precisión y detalle de la representación del acontecimiento parece arrojarlo a una amplia variedad de interpretaciones sobre “lo que realmente estaba pasando”. White agrega que no se trata solo de que parecen volverse incomprensibles, sino que la documentación fotográfica y en video dificulta la tarea de configurarlos como elementos de un relato objetivo singular. O peor aún, “la documentación de tales acontecimientos es tan manipulable que desalienta el esfuerzo de derivar explicaciones de las ocurrencias de las cuales la documentación se supone que es una imagen grabada” 14 . Pero, también señala White que la aparente imposibilidad de contar un relato único autorizado sobre lo que sucedió hace que se puedan contar varios relatos posibles. Es decir, nuevamente no se trata de lo irrepresentable: esa paradoja entre el avance tecnológico en los modos de registro y la proliferación de interpretaciones marca la posibilidad de disputar, de contar varios relatos posibles al respecto. Dejemos momentáneamente aquí las reflexiones de White y volvamos a Mink.
La tesis de Mink acerca de que los acontecimientos son abstracciones de narrativas apuntaba a señalar que la noción de acontecimiento presente en las discusiones epistemológicas sobre la historia, proviene del vocabulario de las teorías en las ciencias naturales que poseen lenguajes formalizados capaces de estandarizar qué será considerado un acontecimiento para cada disciplina o teoría particular. Enrolándose entre quienes defendían un carácter autónomo del conocimiento histórico, Mink define el modo de comprensión de los fenómenos que caracteriza a la historia como configuracional y afirma que su forma específica es la narración 15 . Mink señala una cuestión clave: que la historiografía como disciplina no ha establecido un lenguaje formalizado ni ha acordado una definición de acontecimiento histórico: es decir, no ha arribado a una descripción estándar de las ocurrencias históricas. Esto lo retoma en la actualidad Paul Roth cuando sostiene que el tipo de ocurrencias de las que se ocupa la historia –como guerras, revoluciones, hambrunas, etc.– no se ha estandarizado en ningún sentido teórico convencional, como la tabla periódica y las leyes relacionadas estandarizan la composición de elementos y fórmulas en una ciencia natural como la química: “No existe una ‘receta’ teórica establecida en la historiografía con respecto a cómo los hechos deberían o podrían combinarse para hacer un acontecimiento y qué acontecimientos hacen” 16 .
Esta afirmación no causaría mayor asombro a los/as historiadores/as hasta aquí, que acordarían en qué parte de su tarea –resaltada hasta el cansancio por los debates del giro lingüístico– involucra la discusión sobre la descripción más adecuada entre varias posibles para un mismo acontecimiento. Sin embargo, la argumentación de Mink se vuelve polémica cuando sostiene que, en realidad, no tiene sentido decir que “un mismo acontecimiento” puede recibir diferentes descripciones: porque afirmar que diferentes modos de describir refieren a un mismo acontecimiento es suponer que contamos ya con una descripción estándar que lo identifica, eso mismo que la historia nunca produjo. El punto de Mink no es señalar falencias epistémicas o metodológicas de la historia. Todo lo contrario: es un acérrimo defensor de su autonomía cognitiva. Mink está mostrando que el modo de concebir un acontecimiento como en las ciencias naturales es incompatible con el modo de conocer históricamente. En la historiografía sabemos que algo es un acontecimiento porque funciona como tal en el contexto de un relato. Es en este sentido que sostiene que, en realidad, los acontecimientos son abstracciones de narrativas: porque requieren el modo de configuración del proceso pasado para ser identificado como tal que la narración ofrece. Más aún, si quisiéramos seguir sosteniendo que, aunque cognoscible o descriptible solo por aproximación, hay un acontecimiento que soporta, como referente, las distintas descripciones plausibles sobre las que los/as historiadores/as pueden debatir cuál es la más apropiada, esto implicaría para Mink la asunción de un presupuesto que ningún/a historiador/a aceptaría conscientemente sostener: que el pasado en sí mismo tiene la forma de un relato no contado en el cual los acontecimientos poseen una descripción y ubicación determinadas que sería captado en el lenguaje por su descripción estándar.
Es justamente este supuesto acrítico que la historia es un relato no contado lo que Mink considera que sobrevive en nuestro sentido común aun cuando la Idea de la Historia Universal haya sido desacreditada y abandonada con las filosofías especulativas de la historia del siglo XIX. Mink sostiene que hemos abandonado el proyecto de escribir la historia universal pero que no hemos abandonado el supuesto de que el pasado es un todo determinado, un relato que aguarda ser contado. Sin embargo, esto no impide a Mink sostener que la forma narrativa es un instrumento cognitivo 17 . Nuestras nociones de historia y ficción deberían ser reelaboradas para comprender la narración histórica sin presuponer que lo que la vuelve verdadera frente a la ficción, requiere que la historia sea en sí misma un relato no contado: esta es la tarea que Mink nos lega porque, al fin y al cabo, nuestro sentido común es cultural e histórico. Pero el valor cognitivo de la narración para comprender el flujo de la experiencia serial y su relevancia central en el conocimiento histórico, no dejan de ser defendidos por Mink como todo lo que tenemos.
Aquí, justamente, retorna la cuestión de los acontecimientos modernistas. Si el White de Metahistory a The Content of the Form vuelve, una y otra vez, a la tesis de Mink apropiándosela con las herramientas de la lingüística y la teoría literaria, en Figural Realism algo parece cambiar, porque lo que nos dice ahora es que este modo mismo de comprensión narrativa qua instrumento eficaz ha caído. Lo que unía acontecimiento y trama era la idea de que los sucesos encuentran su sentido en un orden coherente, un proceso que los vuelve inteligibles. Con el abandono de los grandes relatos y de la noción de progreso histórico (correspondientes al régimen de historicidad modernos, según Hartog, y a la idea de Historia Universal, en Mink) habría caído también el valor de la herramienta misma: el narrar como modo de dar sentido al transcurrir temporal, al cambio en la existencia humana en el tiempo.
Entonces, ¿tiene razón el White que piensa el acontecimiento modernista en sostener que la narración ha perdido efectividad como modo de comprender la historia frente a estos acontecimientos propios del siglo XX? ¿O será, quizás, como sugiere Partner, que más allá de los diagnósticos epocales, la efectividad de la narración permanece en la arena pública, en las disputas políticas, en las apelaciones a lo histórico para legitimar o deslegitimar un status quo? Quizás un indicio para responder estas preguntas se encuentre en el subtítulo del libro de Aravena: en la conjunción de teoría histórica y crítica de la cultura. Con esta intuición en el apartado final, me interesa hacer una aproximación a un caso en que podemos ver un acontecer que se presenta como disruptivo y cuya historización sucede mientras acontece.
Acontecimiento de la movilización feminista y relato sobre la violencia de género
El 3 de junio de 2015 un acontecimiento produce un quiebre en la sociedad argentina e inaugura un nuevo momento de movilización social ligado a las demandas de mujeres y minorías sexo-genéricas. A partir de la convocatoria a la movilización en todo el territorio nacional con la consigna Ni una menos se realizan marchas, encuentros en plazas públicas, publicaciones y debates en medios periodísticos y redes sociales que denuncian la violencia de género focalizando su forma extrema en el femicidio. Se visibiliza así una demanda pública, que excede absolutamente las expectativas del colectivo de periodistas, activistas y artistas que arrojó la consigna, de poner fin a estas violencias activando un proceso que, actualmente, suma seis años de continuidad con efectos constatables: puesta en agenda pública de la cuestión como ineludible, articulación de actores y sectores sociales, elaboración de políticas públicas y sanción de legislaciones relativas al tema, incluyendo la creación en 2019, y bajo el mandato actual del presidente Alberto Fernández, de un Ministerio Nacional de Mujeres, Géneros y Diversidad Sexual, y la histórica sanción de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo a fines de 2020. A su vez, en poco tiempo los efectos de esta movilización social se expandieron y articularon con movimientos semejantes en otros países de Latinoamérica y del mundo, llegando a organizarse globalmente, en 2017, los Paros Internacionales de Mujeres que se reiteran desde entonces todos los años. De la importancia de este momento global del feminismo dan cuenta Arruzza, Bhattacharya y Fraser, en su manifiesto Por un feminismo del 99% que reconoce en las huelguistas argentinas y polacas el puntapié inicial de una nueva internacional feminista 18 . En atención, por tanto, a la continuidad hasta hoy de los debates y cambios socioculturales en Argentina y su repercusión mundial, el movimiento Ni una menos es considerado un acontecimiento histórico 19 .
Estimo oportuno explorar si este acontecimiento que deviene proceso social exhibe rasgos de un acontecer modernista. Considero que sí pero no respecto a un carácter anómalo que hace imposible captar o darle un sentido. Más bien, el rasgo que considero cercano a la tematización de White remite a la indisociable relación entre constitución y registro tecnológico-mediático del acontecer. Sostengo esto ya que se trata de un suceso cuya denominación combina la producción de un acontecer mediático tanto como una movilización social concreta. Ni una menos, como nominación del acontecer, fusiona la consigna impuesta/propuesta por la convocatoria desde medios y redes sociales con la emergencia de la articulación de demandas en la movilización. Pero hay algo más, un aspecto que hace a la disputa por el sentido de lo que ocurre, y es la disputa por la narrativización que el acontecer-movimiento social hace patente: porque las consignas rápidamente asociadas a Ni una menos, como el himno cuasi omnipresente en las manifestaciones de “Abajo el patriarcado, se va a caer… se va a caer”, se erigen también en crítica al status quo sexista y sus relatos legitimantes.
La convocatoria a la primera movilización surgió desde las redes sociales frente a la atención mediática que empezaron a recibir casos de femicidios a continuidad que sucedían en el país, donde llega a ser tristemente célebre la aparición de los cuerpos de las víctimas en bolsas de basura. Ahora bien, esta convocatoria no parte solo de la constatación de la ocurrencia de esos asesinatos, sino que, simultáneamente, es una reacción ética de crítica al modo mismo en que los medios de comunicación mainstream representaban la realidad de los asesinatos de mujeres, lesbianas, travestis o trans por su modo de existencia sexo-genérica: me refiero a una mayoritaria construcción morbosa e incluso culpabilizante de esas existencias. La primera convocatoria, entonces, no inaugura solamente un nuevo momento de reclamo de derechos a vidas sin violencia e igualdad de oportunidades, sino que surge como una disputa en y desde el campo de la comunicación, medios y redes, por el modo mismo de nombrar y narrar la violencia y la muerte por motivos de género y/u orientación sexual. Frente a la reinstalación de una narrativa que desconoce la violencia sexista de nuestra sociedad, se postula una narrativa sobre el sexismo de nuestra sociedad. Frente a la circulación de imágenes de mujeres y diversidades asesinadas, se postula (y se impone en el habla pública) que se trata de femicidios y transfemicidios, y no de meros asesinatos.
Las narrativas con que los medios mainstreams de comunicación visibilizaban los femicidios coincidían en presentar a las víctimas como figuras moralmente irreprochables o reprochables (que “no se lo merecían” o que “se lo buscaron”) y a los victimarios como psicológicamente enfermos, es decir, como varones no-normales o excepcionales. A esto se sumaba la espectacularización de los casos policiales al mostrar imágenes y relatar detalles morbosos del modo en que son asesinadas o encontradas muertas las víctimas. Es por esto que la primera convocatoria de Ni una menos, que se propone como un grito colectivo de “basta” a la violencia contra las mujeres y disidencias, explícitamente reclamaba a la vez que hubiera un tratamiento mediático ético, no revictimizante, morboso o misógino de estos hechos. Este inmediato punto de partida contra el modo de registro y circulación de esas muertes asociado a la movilización multitudinaria y nacional inesperada que provoca, generó las condiciones para disputar públicamente cuál es el relato adecuado sobre la violencia de género en nuestra sociedad: mientras los medios de comunicación instalaban la idea de una serie de aconteceres a repetición a cargo de individuos aislados (incluso generando la paranoia de una ola de asesinatos a repetición), las voces feministas y disidentes –que existían ya pero que alcanzan ahora una audibilidad masiva– desmontan ese relato conservador-tranquilizador y denuncian que el origen de los femicidios es una violencia estructural en una sociedad desigual organizada sexistamente. Es el acceso público y masivo a esta contra-lectura de las representaciones mediáticas lo que otorga el carácter disruptor a este acontecimiento, porque se genera una duda que abre paso a una conciencia social extendida: la duda de que estos asesinatos de mujeres no sean solo acciones puntuales de individuos violentos, sino expresiones de una violencia social permanente cuyas formas extremas son la violencia física y el asesinato. Si hay una vivencia o sensación de desorientación alrededor de este acontecimiento, no parece remitir a lo anómalo o inclasificable per se de su acontecer, sino a otra cosa: al quiebre de una certeza o creencia naturalizada sobre nuestra vida social frente a una disputa pública y explícita por la narrativa que enmarca la violencia hacia mujeres y disidencias. Esa desorientación se detecta en el registro de mujeres que no se consideraban ni feministas ni simpatizantes del feminismo (y que ahora se suman de modo masivo y más o menos orgánico a las reiteradas movilizaciones) que sus vidas han estado atravesadas por distintos grados de la violencia de género naturalizada o enmascarada como padecer individual y no colectivo: de allí el retorno al habla pública del lema “lo personal es político” de las feministas de los años 1960. También se detecta en la resistencia que manifiestan los varones a las demandas feministas, dado que no quieren aceptar un relato por el cual la constitución de su propia masculinidad está atravesada por el no reconocimiento como iguales de las mujeres y diversidades sexogenéricas, por el ejercicio de la violencia y el control en diversos grados, por una posición genérica de privilegio y un desprecio naturalizado a todo lo femenino. En síntesis, lo que en los debates públicos, mediáticos, internos a instituciones o grupos de diverso tipo se encuentra, es un efecto conmovedor de las creencias acerca del propio género (término que se instala para nombrar las razones detrás de los asesinatos y/o para denunciar la falta de perspectiva no-androcéntrica o sexista sobre estos fenómenos) ante la visibilización de esta trama de violencias: una desorientación que es subjetiva tanto como política.
Si, como propongo siguiendo a Partner, este caso muestra que la arena pública sigue siendo un ámbito de disputa de narrativizaciones que hacen a la autopercepción de individuos como localizados en la historia, entonces se hace plausible preguntar si no es aquí exactamente donde la voz de los/as historiadores/as podría aportar una orientación y ganar nuevamente su audibilidad social. O quizás sea mejor plantearlo en términos más amplios: la voz de lo/as teórico/as de la historia que pueden combinar los recursos interpretativos logrados por dos siglos de estudios históricos, y la mirada de la crítica cultural que desde mediados del siglo XX al menos se sabe la otra cara de toda historización. En última instancia, lo que el caso que presento muestra es cómo sigue viva la estrategia social de disputar el sentido “de quienes somos” a partir de recursos interpretativos disponibles en la sociedad misma. El vocabulario de la ola feminista se nutre de los recursos activistas y académicos ganados en la segunda mitad del siglo XX, tanto por las tradiciones feministas conservadas como por la producción crítica de los estudios de género, la teoría feminista, la historiografía de mujeres, feministas y LGTB, y la teoría queer (áreas que vienen mapeando hace al menos cinco décadas el contínuum de violencia cishetero-sexista contra los cuerpos feminizados o considerados abyectos). Por ejemplo, dos términos omnipresentes en los debates públicos dan cuenta de esta puesta en uso de los recursos teórico-críticos para explicar la violencia y la desigualdad: el concepto de género y el de patriarcado como clave de la comprensión histórica de la desigualdad presente 20 . Puede incluso postularse una suerte de diálogo y retroalimentación de los saberes académicos y las interlocuciones públicas, dado que incluso a la academia se le reclama mayor producción teórica-empírica frente a la agenda pública instalada 21 .
Preguntas como conclusiones
A la luz de la aproximación al caso anterior, ¿cabe suscribir el diagnóstico de una historia contemporánea que nos desorienta, donde la palabra autorizada de los/as historiadores ya no parece ser relevante o audible? El uso y abuso de las tecnologías de registro por los medios de comunicación y redes sociales, ¿vuelve estas ocurrencias virtualmente ininteligibles? ¿O será quizás, más bien, que aun cuando convivimos con una acentuada y continua diseminación de los registros y de la autoridad de palabra, sigue siendo posible identificar no el relato único sino las narrativizaciones en disputa en una sociedad?
Quizás entonces lo actual, aun con sus rasgos propios, no sea tan distinto respecto de nuestras estrategias para darle sentido. Quizás lo que demande intervención crítica hoy sea el modo en que se ha vuelto simultánea la historización de lo que ocurre con el momento mismo que ocurre, y que esa historización ya no parece tener como protagonista exclusivo ni con mayor audibilidad a los consensos y debates académicos sobre el pasado. Quizás se trate, entonces, de reacomodarse a un desplazamiento de la autoridad de palabra que no significa necesariamente quedar afuera del todo: como señalé en el caso del movimiento feminista argentino hay una disputa por el modo de nombrar y configurar el acontecimiento que es parte de una disputa por el relato histórico que lo hace inteligible y que apela a recursos teóricos ya disponibles (también desde las narraciones conservadoras del status quo). Quizás aquí encontremos otro modo en que la configuración misma de qué es un acontecimiento está en juego dependiendo del relato que lo enmarque, como Mink señalaba. Del mismo modo, parece corroborarse la tesis whiteana –en su obra de los 70 y 80– sobre el carácter moralizante de la narrativización histórica: que ata la comprensión histórica de quiénes somos a la conservación o destrucción de un determinado status quo 22 .
Resumen:
Introducción. Historia desorientada
Acontecimiento y relato en White y Mink
Acontecimiento de la movilización feminista y relato sobre la violencia de género
Preguntas como conclusiones