in Cuadernos de Historia
Reseña de libros
Abstract
La relación del antiliberalismo con la revolución, su vocabulario, sus medios comunicativos y sus consecuencias ha abierto, en las últimas décadas, una interesante línea de investigación. En ella se insiere esta obra, que comienza con un texto en que Pedro Rújula y Javier Ramón Solans establecen como objetivo contribuir a la superación de una historiografía liberal que, en virtud del paradigma revolucionario, ha negado potencial modernizador y capacidad de reacción a la contrarrevolución. En contraposición, sugieren un panorama más complejo, en el que la pugna ideológica y militar entre revolución y contrarrevolución se extendería a lo largo de décadas, en el que los agentes antiliberales también participarían en la construcción de la nueva sociedad y en el que algunas de las principales instituciones del Antiguo Régimen conseguirían reinventarse para sobrevivir al embate revolucionario. De acuerdo con estas premisas plantean cuatro campos de análisis en los que se encuadran los diecinueve capítulos de esta obra, en los que siempre desde la perspectiva de la adaptabilidad de la contrarrevolución se analizan aspectos relativos a la monarquía, el catolicismo, las ideas antiliberales y las formas de movilización.
El propio Rújula inaugura el estudio sobre cómo las monarquías se enfrentaron a la revolución. A la presunta inevitabilidad del triunfo de ésta contrapone la capacidad de reacción del Antiguo Régimen en España, que se haría patente en la efectividad del discurso que buscaba atraer al pueblo a combatir en la Guerra de la Convención, en el surgimiento del fenómeno juntista o en las maniobras que hicieron posible la revocación de la experiencia gaditana. Ahora bien, esto no debería hacernos perder de vista el declive de las instituciones y legitimidad del régimen absoluto, últimamente acreditado por autores como Emilio La Parra. El siguiente capítulo, firmado por Ivana Frasquet, constituye un rara avis respecto al conjunto de la obra, pues más que presentar un caso particular insiste en el discurso de los coordinadores, aunque extendiendo la necesidad de reflexionar sobre los fenómenos contrarrevolucionarios al ámbito latinoamericano. De hecho, plantea que las independencias deben ser comprendidas en el contexto del enfrentamiento entre revolución y reacción, un choque que tuvo como escenario dos continentes que cabría analizar de forma conjunta y bidireccional.
La contrarrevolución no solo cosechó éxitos. Así, Jean-Philippe Luis destaca la fatal ausencia de consenso que, en materia hacendística, existió en las filas fernandinas. Es más, las soluciones sugeridas por quienes pretendían reformar el Antiguo Régimen y aumentar los recursos en manos del monarca español fueron principalmente obstaculizadas por otros absolutistas, defensores de los intereses de los grupos sociales privilegiados. Asimismo, Silvia Sonetti explora otro fracaso, en este caso en el contexto del Risorgimento. Pese a la capacidad del Reino de las Dos Sicilias para sobrevivir a la compleja coyuntura de las primeras décadas del siglo XIX e incluso caminar hacia la creación de una identidad propia, su incorporación a Italia se relacionaría con la incapacidad de sus instituciones para modernizarse y responder adecuadamente a sus tradicionales oponentes.
Sobre los procesos de movilización en el campo contrarrevolucionario comienza a tratar Álvaro París Martín, que rebate la idea de un movimiento cuyas bases habrían sido “secuestradas” por las élites sociales. Así lo hace, especialmente, cuando señala la autonomía de las clases populares del Madrid de comienzos del siglo XIX para apropiarse e incluso reelaborar en su propio beneficio el discurso contrarrevolucionario. Ello, a través de una cambiante definición del “negro” –término con que se denominaba a los liberales–, empleada para dirigir la violencia hacia quienes se oponían a sus intereses. A su vez, Andoni Artola, Javier Esteban Ochoa y Koldo Ulibarri muestran, a través del curioso caso de José Pablo Ulibarri, el interés de los reaccionarios por extender su discurso a las clases populares. También hacen patente que los agentes de esta difusión no necesariamente pertenecieron a las élites, pues la politización contrarrevolucionaria habría alcanzado a unos estratos sociales intermedios cuyos miembros también fueron capaces de asumir y reelaborar los axiomas antiliberales.
Alexandre Dupont, al analizar el internacionalismo contrarrevolucionario, define una solidaridad organizada en torno a maniobras tradicionales –como las relaciones dinásticas y la sociabilidad aristocrática– y a vías de movilización modernas, que apelaban al pueblo y se dirigían a las masas. En este contexto, las suscripciones se convirtieron en una herramienta empleada tanto para recaudar fondos como para hacer visible el apoyo popular con que se contaba. Lo cierto es que también en el campo de la movilización hubo movimientos en falso. Así, Gregorio Alonso se centra en el fallido proyecto de formar un batallón de católicos españoles que defendiese al Papa del movimiento panitaliano. En este caso se pone de manifiesto la complejidad de la movilización contrarrevolucionaria: la red de colectivos implicados –así como los intereses y valores que estaban en juego– eran extremadamente diversos. Por su parte, Carmine Pinto completa el trabajo de Sonetti y demuestra que en el Mezzogiorno posterior a la unificación italiana el monarquismo duosiciliano se vio afectado por una desunión que le impidió tanto conquistar la opinión pública como organizar una resistencia armada que pusiese en jaque al nuevo Estado.
Ya en lo referente a la batalla ideológica, Carolina Armenteros analiza el empleo de la historia –y en particular del siglo XVII, época de máximo esplendor de la monarquía absoluta– por parte de Lézardiére, Maistre, Saint-Victor, Montlosier y Chautebriand. Éstos, aunque no demonizaron a Luis XIV y Richelieu, lamentaron su cesarismo, en el que creían encontrar el germen de la revolución. Por ello, Armenteros califica a estos historiadores como conservadores, no como simples absolutistas. A su vez, Gonzalo Capellán de Miguel analiza –a través del diccionario de Thjulen– la importancia de una lucha por la definición de los significados que se produjo desde casi el primer momento. Ello fue posible porque en las filas de la contrarrevolución hubo quienes consideraron que los revolucionarios habían definido un nuevo léxico que privaba a nobleza, altar y trono de la capacidad de comunicarse, lo que hacía preciso un movimiento resemantizador.
Fernando Durán López estudia el campo de la prensa a través del pionero de las publicaciones serviles españolas, el marqués de Villapanés. Además de remarcar la importancia del contradiscurso reaccionario como factor enriquecedor de la experiencia gaditana de pluralismo ideológico, señala que pese a que en un primer momento los liberales controlaron la agenda y el vocabulario de las Cortes, los contrarrevolucionarios pronto superaron el recurso a la restricción de la libertad de prensa o al empleo de la Inquisición como únicas vías para dominar el espacio público. En la misma línea, Gonzalo Butrón Prida demuestra, a través del caso de El Restaurador, que los contrarrevolucionarios españoles instrumentalizaron la libertad de imprenta en contra de esa misma libertad. Ahora bien, dicho periódico también pone de manifiesto la diversidad del campo antiliberal, pues nació del empeño de los sectores más decididamente absolutistas de imponer su parecer ante posibles soluciones moderadas.
Antonio de Francesco analiza los Folletos populares sobre la revolución francesa, otro de los numerosos esfuerzos contrarrevolucionarios por construir una opinión pública afín. Más allá de su insistencia en que los agentes antiliberales eran capaces de emplear en su favor fuentes historiográficas de origen diverso, pone sobre la mesa una idea interesante:
la historia de Francia siguió condicionada por el enfrentamiento entre aquellos que se batieron en 1789 más allá de la cronología decimonónica contemplada en esta obra. En cuanto a Marie Salgues, ésta explora el uso ideológico del teatro en la Restauración fernandina. Los gobernantes absolutistas fueron conscientes de que ya durante la Guerra de la Independencia josefinos y patriotas habían empleado las tablas como herramienta movilizadora eficaz, razón por la que al estricto control de la escena teatral unieron su uso como recurso propagandístico frecuente.
Ya en el terreno de la religión, Antonio Calvo Maturana estudia la figura de fray Sebastián Sánchez Sobrino como ejemplo de una Ilustración española católica y antiliberal. Pese a que no es novedoso, el recordatorio es oportuno: el autor demuestra que Ilustración y liberalismo no son categorías coincidentes. En consecuencia, la contrarrevolución estuvo integrada tanto por ilustrados como por anti-ilustrados, lo que contribuye a explicar la coexistencia de arengas irracionales de carácter ultramontano con escritos orientados a las clases letradas en que la defensa de la monarquía se construía en torno a conceptos como patria o ciudadanía. Por su parte, Daniele Menozzi señala que la Iglesia católica no se opuso frontalmente a la modernidad y que, de hecho, la misma curia vaticana animó a los católicos a asimilarla. Ahora bien, el objetivo de dicha maniobra era la apropiación de los instrumentos que la modernidad ofrecía para combatir sus mismos principios, en una combinación de modernización y rechazo a la modernidad que revolucionó el mundo católico bajo el pontificado de León XIII.
Roberto Di Stefano presenta el caso argentino para señalar que liberalismo y secularización no siempre fueron de la mano. De hecho, recuerda la necesidad de estudiar la secularización como un fenómeno poliédrico, lo que explica que en el espacio latinoamericano podamos detectar procesos distintos, incluso divergentes. En la Argentina, el Estado liberal impuso un galicanismo en que la Iglesia católica –cuyo principal empeño no era tanto revertir el proceso secularizador como atajar sus efectos más perniciosos y evitar futuros retrocesos– ejercía como agente civilizador al servicio del Estado. Di Stefano contribuye, por tanto, a minar nuevamente la falsa dicotomía liberalismo-catolicismo. Por último, Raúl Mínguez Blasco insiste en la importancia de los cambios en el seno de una Iglesia católica que, tanto en sus prácticas como en sus discursos, se feminizó. Para él, esta feminización debe interpretarse como una respuesta moderna, entre otras cosas porque legitimó la intervención de cientos de mujeres en la esfera pública, aunque fuese desde una posición subalterna. Pero también porque mediante esta estrategia se combatió la modernidad liberal a través de una reinterpretación en clave religiosa de un modelo de feminidad burgués.
En realidad, los temas que podrían haberse tratado en esta obra son innumerables, por lo que hay ausencias sensibles, tanto en el plano de las vías de movilización como en el de los espacios estudiados. Además, en casos como el de la prensa, puede hablarse de cierta reiteración. Por otra parte, las razones por las que algunos trabajos se encuadran en uno u otro de los ejes temáticos que estructuran la obra a veces parecen debatibles. Asimismo, echo en falta una mayor reflexión sobre el alcance geográfico y cronológico de la obra.
En todo caso, mi impresión es que ésta cumple sobradamente con lo propuesto en su texto introductorio. Pese a un énfasis en ocasiones excesivo en el interés por estudiar el binomio reacción-modernidad, la principal aportación de este trabajo coral consiste en restituir parte de su verdadera complejidad a la contrarrevolución, en un análisis en que la relación con la modernidad no es el eje que guía todos los capítulos, sino uno más de los vectores estudiados.
El desafío de la revolución se encuadra en las filas de las investigaciones que combaten los apriorismos que, sobre la contrarrevolución, nos ha legado la historiografía liberal. Generalizaciones y simplificaciones que por fortuna vienen siendo rechazadas desde hace décadas, razón por la que no podemos hablar de una obra especialmente novedosa, aunque sí importante. Y es que en sus páginas observamos un movimiento contrarrevolucionario en el que conviven diferentes corrientes de pensamiento, en el que las diversas agrupaciones sociales no son sometidas a la férula de las élites aristocráticas y eclesiásticas, en que la paradoja de emplear recursos modernos para defender la anti-modernidad deja de ser tal, pese a que también se exploren unos límites que, en ocasiones, tuvieron consecuencias fatales. En fin, la obra cumple con el objetivo de convertirse en referencia para todos aquellos que estudian la contrarrevolución desde la perspectiva de que si este movimiento se mantuvo en liza durante décadas, fue precisamente por su diversidad y adaptabilidad. No abre un nuevo camino –ni probablemente lo pretendía–, pero nutre con una rica batería de ejemplos a todos aquellos historiadores empeñados en la misma senda.
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Author
Javier Esteve Martí
Universidad de Chile. Chile, Chile