in Cuadernos de Historia
Reseña de libros
Abstract
La historiografía sobre los partidos de izquierda chilenos ha visto engrosarse en los últimos años gracias a numerosas investigaciones. Por lo general, lejos de la producción hagiográfica de antaño, la historia de las organizaciones de izquierda en nuestro país ha sido abordada desde diversas ópticas. Desde la historia oral y las culturas políticas, pasando por el tradicional análisis de sus líneas estratégicas, hasta llegar a la reconstrucción de las subjetividades militantes y la perspectiva de género; hoy por hoy en Chile, las pesquisas sobre este sector político gozan de un excelente estado de salud. En este sentido, los palmares se los llevan el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y el Partido Comunista (PC), que han concentrado la atención de jóvenes y no tan jóvenes investigadores nacionales y extranjeros. Una deuda pendiente la constituye el Partido Socialista (PS), organización que aún espera ser abordada con el rigor y las ópticas multidimensionales utilizadas en los partidos mencionados en primer lugar. Por su parte, el anarquismo vive un momento historiográfico tan o más auspicioso que el del mirismo y el comunismo. De esta manera, ha resultado fecundo el diálogo entre la historia política y la historia social –antaño en
bandos opuestos– para la descripción de las izquierdas desde fines del siglo XIX hasta el presente. Además, las conexiones con la sociología, la ciencia política y la antropología, en mayor o menor grado, han enriquecido los análisis. También el enfoque de memoria ha sido fundamental para trabajar las trayectorias individuales y colectivos de la militancia. Así, parafraseando un conocido artículo de Eric Hobsbawm, hoy día en Chile parece ser un buen momento para hacer historia de las izquierdas.
En este contexto debemos ubicar la obra de Ximena Urtubia Hegemonía y cultura política en el Partido Comunista de Chile: la transformación del militante tradicional, 1924-1933. Constituido, en lo grueso, por su tesis que le otorgó el grado de Licenciada en Historia de la Universidad de Chile, este trabajo está llamado a constituirse en un referente para iniciar un nuevo ángulo para examinar la historia de la izquierda chilena. En efecto, tal vez el aspecto más original de este libro es que radicaliza su distanciamiento de los enfoques tradicionales sobre historia de partidos. Estos, como se sabe, se centran en los debates y evoluciones sobre sus líneas políticas. En el caso de este libro, ese punto queda subordinado a los aspectos organizacionales, cuestión que estaría en la base para explicar la trayectoria de los primeros años de existencia del PC.
En efecto, el libro de Urtubia aborda una etapa que ha sido ampliamente visitada por la historiografía. Referentes nacionales como Hernán Ramírez Necochea, Olga Ulianova y Sergio Grez o autores extranjeros, como Andrew Barnard o Peter DeShazo, se han concentrado en parte o todo el período que contempla esta obra. Desde la perspectiva del movimiento sindical, los trabajos de Jorge Rojas Flores también son fundamentales. Inclusive, es un período de la historia del PC que se vio beneficiado con los materiales contenidos en el Archivo Estatal ruso, que la Dra. Ulianova y Alfredo Riquelme han recopilado en tres tomos. Asimismo, existen numerosos artículos, memorias y otros libros que han cubierto esta polémica etapa. A pesar de esta frondosa literatura, la autora ofrece una mirada nueva y original sobre la etapa genética del comunismo en Chile.
Su hipótesis intenta explicar la división del PC, ocurrida a principios de la década de 1930. Según su visión, esto tendría directa relación con el desarrollo de dos maneras distintas de recepcionar el proceso de “bolchevización” que la Komintern había impuesto a los partidos comunistas de todo el mundo. Así, las facciones en conflicto habrían aplicados sus principios centralizadores y doctrinarios con énfasis distintos, lo que estaría en la base del quiebre del PC chileno. Unos –el sector oficialista– habría sido más rígidamente seguidor de las orientaciones provenientes de la Internacional Comunista, provocando una transformación más profunda de la cultura comunista. Otros, los disidentes u opositores, lo habrían hecho de manera más laxa, preservando en mayor grado la identidad del militante tradicional del PC prebolchevizado.
Las novedades de este enfoque son varias. Primero, como decíamos, explicar la división por factores de pugnas de poder y organizacionales, más que por las diferencias políticas de la época. Segundo, también relegar a un segundo plano (o derechamente descartar), la explicación más tradicional de esta división, descrita como análoga a la del resto del movimiento comunista internacional, basada en la pugna entre estalinistas y trotskistas. Tercero, en cuestionar la recepción del proceso de bolchevización en el PC, el que ha sido descrito como una asimilación o rechazo mecánico por parte de los bandos en conflicto. Para Ximena Urtubia, ni lo uno ni lo otro, ya que oficialistas y disidentes –en mayor o menor medida– habrían bebido de su influencia orgánica y doctrinaria. La cuarta novedad la constituye el tratamiento sobre Recabarren y la cuestión del “recabarrenismo”. Visualizado como un instrumento político para legitimar tal o cual posición de cada bando, incluso el momento de máxima intervención del Buró Sudamericano (BSA) de la Komintern, que instó a repudiar su influencia, no impidió que el PC oficialista siguiera apropiándose de su figura política.
De esta manera, la autora escoge partir describiendo el deber ser que imponía la cultura comunista en la fase previa de la bolchevización. Era lo que ella llama “el militante tradicional”, cuya formación y cultura militante lo hacía menos disciplinado y más libre. Luego, bolchevización mediante, esto se modificó por la convicción a la que llegaron los comunistas locales (de ambos bandos, recalca Urtubia): se necesitaba más disciplina y organicidad. Sin embargo, el sector que dio continuidad al comunismo (el “laferttismo” o sector oficial), transformó radicalmente la concepción de militante. Lo convirtió en un profesional del comunismo, un personaje acrítico, que sublimaba su yo, dice la autora de este libro, para convertirse en una pieza más del partido. Sus adversarios, bolchevizados igualmente, como ya decíamos, habrían preservado los rasgos tradicionales del militante comunista, basado en el peso de su experiencia individual, ser críticos y acostumbrados al debate.
La primera cuestión que nos gustaría rescatar de las numerosas propuestas que este trabajo realiza, es haberse concentrado en la concepción de la militancia. Su lectura me recordó el indispensable texto de Annie Kriegel titulado Los comunistas franceses 1 . Allí se describe el cosmos comunista galo, su manera de organizarse, su instrucción, sus creencias, la manera de reproducirse de sus direcciones políticas, etc. Obra señera de la historiografía sobre el comunismo a nivel mundial, tuvo la virtud de hacer una sociología de la militancia, que reveló un extraordinario potencial explicativo del “modo de ser” de los comunistas franceses. En el caso del texto de Urtubia, logra una excelente reconstrucción de los “ideales militantes” que se elaboraron durante la década de 1920 y 1930 en el comunismo chileno. Como bien ella misma lo aclara, estos no se reflejaban necesariamente en la realidad, porque las personas están lejos de ser receptores pasivos de las órdenes provenientes “desde arriba”. Es decir, una cuestión son los tipos de militantes y las pugnas sobre el sentido de su transformación –que sintetiza lo realizado por Ximena Urtubia– y otra es la manera cómo esto fue recepcionado por la militancia. Texto ambicioso, en algunos pasajes se tienta a abordar este problema, pero de manera prudente, opta por dejarlo enunciado como un problema por abordar a futuro. En este sentido, nos parece que uno de los aspectos que deja como legado este texto es evitar que las tipologías militantes subsuman la capacidad de agencia de los militantes. Lejos de ser actores pasivos, según dice Annie Kriegel, incluso en organizaciones altamente centralizadas como lo era el PC francés, la designación de los dirigentes locales, regionales y nacionales formaba parte de un proceso de negociación no escrito en los estatutos, pero necesarios para obtener la legitimidad de la dirigencia.
En segundo lugar, Urtubia intuye de manera sobresaliente la centralidad que tiene en la militancia lo que otro historiador galo, Bernard Pudal, ha denominado el capital político que aporta la trayectoria militante. Basado en la obra de Bourdieu, Pudal señala que los “ideales militantes” constituyen el marco sobre el que las dirigencias comunistas podían o no legitimar su carácter de tal. En la medida en que la biografía se aproximara a los aspectos ideales, mayor capital político dentro de la organización. Como queda muy claro en este libro, cuestiones tales como la extracción de clase, su disciplina férrea (es decir, no ser cuestionador de las decisiones de la dirección), la cantidad de veces que haya sido encarcelado, su comportamiento en la prisión, una vida privada “ordenada”, una vida pública alejada del alcohol y las juergas, eran parte del horizonte comunista. En la medida en que se cumpliera ese perfil, existían posibilidades de ascender en la estructura partidaria.
En tercer lugar, esto nos lleva a una problemática que se puede extraer del libro, aunque no esté dicha explícitamente: la pregunta fundamental sobre por qué se milita. ¿Qué razones explican que personas que podrían estar tranquilamente desarrollando su vida privada, se arriesguen a todo por militar en una organización tan débil, como lo era el PC en esos años? Claramente, la manera tradicional de responder a esta pregunta, basada en la mirada heroica sobre el movimiento obrero, es insuficiente. En esa línea, nos parece que Urtubia logra avanzar varios pasos más allá, aclarando que en la pugna que ella analiza no solo hay razones ideológicas, sino que disputas por el control de la organización. Estando en parte de acuerdo con esto, los estudios sobre militancia han puesto la atención sobre el riesgo de la aplicación mecánica de la “teoría de la elección racional”, para explicarse el origen de por qué las personas militan. Es decir, no todo es maximización de ganancias ni pura instrumentalización en beneficio propio. Pareciera que la combinación de cuestiones ideológicas y de experiencia de vida, ligado a la sociabilidad del campo cultural al que están circunscritas los individuos, son aspectos fundamentales para responder a la crucial pregunta sobre las razones de la militancia.
Por último, queda pendiente la cuestión de género. En el POS y luego en el PC, también se desarrolló una visión sobre el papel de la mujer en la sociedad, la manera que debían involucrarse en la política, desde una perspectiva emancipadora. Sin embargo, es sabido que esto estaba lejos de realizarse en la práctica. En Chile todavía es embrionario el examen de la militancia desde la perspectiva de género. El trabajo de Tamara Vidaurrázaga sobre el MIR y de Alfonso Salgado para el de las Juventudes Comunistas indican la existencia de una veta que, seguramente, será imposible de esquivar en un futuro no lejano.
En otro plano, un aporte fundamental realizado por este libro se refiere al tratamiento que hace del proceso de bolchevización del PC. Como es sabido, durante los conflictos internos en el partido soviético, la bolchevización emergió como la cara visible del proceso de estalinización del partido. Este proceso se universalizó, dándole una impronta característica común a los partidos comunistas en todo el mundo. Así, la centralidad de la disciplina interna, la unidad de la acción y el supuesto carácter monolítico de los partidos comunistas, todos aspectos fundamentales de su cultura política a nivel planetario, provinieron de la llamada “bolchevización”. Glorificado por las historias oficiales, por considerar que dieron forma al “verdadero Partido Comunista”, fue satanizado por los adversarios del comunismo. En efecto, el tema de la bolchevización ha sido utilizado por la historiografía conservadora chilena, para justificar la existencia de un ADN autoritario y antidemocrático de la izquierda chilena. Además, sería la prueba dorada de la extrema dependencia del comunismo de los dictados de Stalin y sus secuaces. Así, se utiliza para llevar agua al molino de la tesis que justifica o explica que el golpe de Estado de 1973, en definitiva, fue “culpa de todos”. Por su parte, otras visiones, pero de izquierda, también han satanizado la bolchevización. Uno de los primeros, me parece, fue Augusto Varas durante la década de 1980. En pleno proceso de “renovación socialista”, que como se sabe implicaba la ruptura epistemológica radical con el marxismo, la bolchevización fue utilizada como el chivo expiatorio, el momento genético en que se desvió la posibilidad de un “socialismo humanista”, “buena onda”, “chileno”. Posteriormente, tesis similares plantearon Eduardo Devés y Gabriel Salazar, quienes levantaron la etapa prebolchevización (la era del POS, en rigor) como el momento de mayor claridad y posibilidad de pensar una manera original otro modelo de sociedad. Interesante, en esa perspectiva, es el aporte del recientemente desaparecido Jaime Massardo, quien demostró que las nociones de socialismo planteadas por el POS en su declaración de principios, era un copy-paste del socialismo reformista de la II Internacional. Con todo, esta óptica, en su afán de exaltar la originalidad del pensamiento del mundo popular chileno de comienzos de siglo XX, exacerbó la supuesta ruptura entre la izquierda de las tres primeras décadas del siglo, con la que vino después. Una ruptura entre una izquierda “buena”, que portaba el proyecto adecuado, versus la que continuó, que echó todo a perder.
El enfoque con que lo aborda Ximena Urtubia, que constituye el primer libro monográfico sobre la cuestión de la bolchevización, está desprovisto de estos supuestos. Como ella lo señala al terminar su obra, su opción fue “interpretar los procesos históricos desde su específica complejidad, evitando dejarse llevar por hipótesis precipitadas, que poco o nada le hacen justicia a los hechos”. Así, la bolchevización aparece como un proceso con muchas aristas, necesario de explicar en su contexto, sin “buenos” ni “malos”, sino que protagonizadas por actores políticos al calor de coyunturas históricas. Es más, ella misma reconoce que es necesario evaluar con mucho cuidado sus resultados, que se esparcieron entre “oficialistas” y “disidentes”. En este sentido, rescatamos como una de las principales conclusiones de la obra, el planteamiento que afirma que la bolchevización no significó una ruptura radical con el pasado, que no hubo un corte absoluto entre la “izquierda tradicional” y la influida por la bolchevización. Esta hipótesis cobra asidero por varias razones:
Primero, porque los cambios culturales –en este caso de cultura política– son procesos lentos, progresivos, no ocurren de un día para otro. Los seres humanos no son máquinas que se puedan reiniciar para comenzar a ser formados como una tabla rasa. No es posible borrar de una plumada experiencias vitales y políticas de diez o veinte años de duración. En segundo lugar, y ligado a lo anterior, ya mencionábamos la importancia que ha cobrado en los estudios sobre militancia, incorporar la capacidad de agencia de los y las militantes. Numerosos estudios han confirmado que las organizaciones políticas y sociales deben ser consideradas universos complejos, heterogéneos; con matrices comunes, pero también con importantes matices internos. La autodefinición de monolíticos, como ocurrían en el caso del PC, no debe hacer creer a los y las investigadores que esto era necesariamente así.
Por el contrario, la propia trayectoria histórica del comunismo chileno revela la existencia de constantes apariciones de disidencias y diferencias políticas más o menos profundas. Es más, pareciera ser que en los partidos políticos, a través de su historia, lo regular, lo cíclico, lo permanente, es la aparición de disidencias, expulsiones o salidas de militantes. Lo anómalo es que esto no ocurra. La tercera razón porque la hipótesis de las continuidades de las herencias culturales en las organizaciones de izquierda chilena cobra fuerza, radica en que, al evaluarlas históricamente, se puede apreciar su evolución, tal como lo muestra este libro, pero plagado de recovecos, giros, retornos y complicaciones. Hemos leído el volumen tres de la obra de Olga Ulianova y Alfredo Riquelme sobre los archivos chilenos en la Unión Soviética y estos ratifican que la bolchevización fue un proceso muy complejo de cristalizar en la militancia del PC chileno. Pareciera que se consolidó recién a comienzos de la década de 1940, pero luego de la recepción realizada en Chile, cabe preguntarse qué tipo de bolchevización se adoptó, teniendo en cuenta que aterrizó en un campo cultural en donde existía una larga tradición previa. Como señala la hipótesis central de la obra El siglo de los comunismos, editada por varios especialistas franceses 2, no hay que olvidar que el comunismo es una experiencia múltiple y variada a lo largo del mundo.
En fin, esta es una obra que será de muchísimo interés no solo para los especialistas en la historia del Partido Comunista o de la izquierda, sino para cualquier persona que quiera explorar un abordaje original para hacer la historia de un partido u organización social. Como siempre ocurre con un texto innovador, osado y, en muchos sentidos, iconoclasta, tenemos diferencias, matices y desacuerdos con algunos de sus contenidos. Pero justamente en eso radica su riqueza, porque seguramente impulsará a futuros investigadoras e investigadores, a seguir las pistas históricas y metodológicas que esta obra ofrece.
Además, esperamos las futuras nuevas entregas de Ximena Urtubia, una joven y promisoria figura de la historiografía chilena. Contamos con que siga la huella que muestra este texto, es decir, la de una investigadora rigurosa, sistemática, abierta al intercambio de opiniones. Esto, seguramente, la proyectará en un futuro cercano como una gran historiadora.
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Author
Rolando Álvarez Vallejos
Universidad de Santiago de Chile. Chile, Chile